Antes que las primeras veces se terminen

 

Novela

Para detener el tiempo
Jorge Vargas

jorge@elcaminerito.com

1

—¿Qué?

Suicidio.

Ocho letras suspendidas, luego ahorcadas en silencio.

—¿Qué?

—Eso, me voy a suicidar —respondió Fabiola tranquilamente—, y ustedes van a ayudarme.

—Hablas huevadas —dijo Abelardo.

Jonathan guardó silencio.

Abelardo, Fabiola y Jonathan.

*

Cualquier persona que reparaba con atención en Abelardo sentía dulce en la lengua. El muchacho parecía de caramelo líquido o de majar blanco.

Un día que Abelardo ya ni recordaba una muchacha algo ebria, al verlo jugar voley en la cacha de su barrio le gritó: “ese potito es durazno en almíbar”, noches después mientras bailaba en el Mukhi le invitaron un trago con una servilleta escrita: “¿Se puede probar?”. Aquellas manifestaciones constantes son claro resumen del imaginario popular hacia Abelardo, sin embargo al verlo, uno no puede imaginarse su llanto, nadie alcanza a sospechar que él lloró sincero una sola vez.

Hacía cuatro años despertaba como se despierta cuando la vida sabe aún a chicle con centro líquido. Un vidrio de colores se destrozó en su cabeza y luego un silencio sustancial y siseante descubría el mundo: martillazos rompían su modorra. Se levantó, restregó su cabello y sus ojos, vio por la ventana y descubrió que la casa contigua empezaba a señalar más alto en el cielo. Obreros trabajaban desde temprano como palabras que escribe un muchacho cuidadoso. Fue ahí que Abelardo reparó en él, sin duda el más joven.

Aquellas mañanas resultaban calientes, Abelardo distinguió que salía un vapor de las ropas colgadas en los tendederos de su patio. Vapor hermoso y consistente como el obrero. Llevaba los sacos de cemento desde el primer piso, subiendo a través de tablas que parecían aplaudir su habilidad. Después de un rato de trabajo, el obrero caminó hasta un toldo y se deshizo de su camisa desgastada para trabajar libre, lanzó debajo de un perchero su ropa limpia y le descubrió a Abelardo que tenía el color de un guiso apetitoso, lleno de jugo. Abelardo volteó y vio el uniforme verde de su colegio, se detuvo luego en la ropa limpia del obrero y la encontró muy parecida, una ropa tan cercana a la suya.

La jornada de trabajo continuaba hasta las cinco de la tarde. Abelardo decidió acostarse más temprano para despertar todos los días con el inicio de la obra. Su colegio era sólo un paréntesis entusiasmado entre sus cultos al obrero. Una extraña formalidad ordenó su vida para poder disfrutar lo que había en el bastidor de su ventana.

A las dos semanas el asunto se volvió incontrolable, la construcción vecina había sobrepasado el tamaño de su casa y el obrero ahora trabajaba más cerca de Abelardo. Él aprovechó el ángulo de visión que su ventana ofrecía para establecer un contacto recíproco y esa mañana apenas el obrero joven apareció, abrió con estrépito las hojas de su ventana, tosió fortísimo fingiendo un ataque pulmonar y haciéndole entender que se liberaría, echó por los aires su polo. El muchacho rió sin prestar importancia, afirmó su fuerza mostrando sus brazos musculosos, meneó un poco la cabeza y sin volverlo a mirar comenzó con su trabajo. Abelardo se arrepintió entonces, temió haber agredido al muchacho y decidió esperar. Tenía que cambiar de estrategia. Todas las mañanas movía las cortinas, desesperado por hacerle comprender al obrero su necesidad de comunicación, a veces golpeaba el vidrio para descubrirle que lo observaba pero no se mostraba del todo, tan sólo dejaba adivinar su silueta a través de la cortina traslúcida. A veces tosía muy fuerte cuando el obrero, que sonreía, estaba más cerca. En las tardes escuchaba música con mucho volumen y abría la ventana, como ofreciéndole algo de alivio en el trabajo. Ése fue el extraño y correcto camino. Abelardo comenzó a experimentar con las reacciones del obrero hasta llegar a un pacto mudo. Cuando Abelardo escogía grupos como Massive Attack, Play Attenchon o Saetia, el obrero tosía frunciendo el ceño y hasta a veces detenía su trabajo para arrojar miradas molestas a la ventana, Abelardo reía con fuerza y cambiaba la música. El obrero disfrutaba más con Los Ovnis, The Doors, y sobre todo, con Los Saicos. Vivían tardes enteras con aquellas bandas, mezclando lo que para el común resulta extraño. Ambos ya podían verse a las caras.

Abelardo comenzó a vivir para aquel chiquillo de la obra. El día no estaba completo sin descubrir el sol en sus axilas de vellos oscuros, ni la tarde encajaba con el proceso sin adivinar sus nalgas fijas como soles de metal bajo el short. Abelardo amaba por primera vez.

El tiempo transcurría poderoso, pero Abelardo era capaz de atarlo en los pies del constructor y el constructor sonreía mucho, sus dientes eran regulares como el cuidado que ponía en su obra. Cómo era feliz.

Todo se había detenido excepto la construcción de la gran casa y Abelardo fue el último en percatarse de ello. Aquel día el trabajo se consumaba a las tres de la tarde. Habían terminado de llenar el techo y todo estaba listo para challar. Abelardo aún no llegaba a casa cuando el champán explotaba vigoroso y la música se escuchaba a través del pica-pica. El obrero comenzaba a desesperarse sin conciencia. Mientras todos bailaban en el patio de la casa, él bebía irracionalmente, Abelardo le hacía falta. Había decidido llevar a su trabajo sus mejores ropas, intuyendo muy en el fondo que, por ser la última jornada, podría hablar con su amigo de la casa contigua y hasta quién sabe, beber unas cervezas con él. Su mente era incapaz de articular sus sentimientos, pero quería con sinceridad a Abelardo. Bebía como se bebe cuando hay pena.

—¡El Meteoro! ¡Que ponga los toritos el Meteoro! —gritaba una señora rubia, la dueña, mientras la familia y demás obreros festejaban espumosos, ella no deseaba romper las viejas tradiciones— ¡El chico más guapo de la obra! Esa carita de niño, ya pues Meteoro, tú ponlo los toritos, ponlo.

El gentío aplaudió con estruendo y todos hicieron vivas. Aquel barullo distrajo el corazón incompleto del obrero y, sintiéndose un héroe, tomó la cerámica llena de pica-pica y se acercó a la escalera desplegable de metal que el dueño, con la ayuda de varios hombres en el segundo piso, había apoyado a la pared. El muchacho debía sostener con cuidado a los toros hasta el cuarto piso. Comenzó a subir y por un momento sintió la escalera de jabón. Estaba ebrio, feliz. La gente aullaba de compartir felicidad. Los obreros comenzaron a rociar cerveza por todos lados. La música creció, fuerte. Cuando el obrero llegó a la altura del cuarto de Abelardo se detuvo. Quiso esperar pero, al quebrar su cintura para poder ver, los toros resbalaron de sus palmas y él, al intentar recuperarlos, soltó la escalera y fue a dar de cabeza al piso. La explosión de su cráneo en el pavimento pareció apagar la música. La mayoría fue alcanzada por algún pedazo de cerebro.

Abelardo, varios minutos después, abrió la ventana y puso Te amo de Los Saicos con todo el volumen que sus oídos podían soportar. Afuera todo era silencio. Se aproximó un poco imaginando la sonrisa del obrero. Entonces, sin haberse acercado siquiera, su cama crujió dolorosamente. Vio el patio de la casa contigua: un enorme y viviente ojo de sangre con las botellas de cervezas como astillas y casi en el centro los restos de unos toros de cerámica, todo salpicado por el multicolor crepuscular del pica-pica. Sin saberlo, lo supo todo.

Abelardo lloró.

Entonces entendió el significado biológico de la tristeza y, a no ser de un dedo roto algo después, nunca volvería a llorar.

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2 comentarios... agrega el tuyo!

  1. Kathy - 16 Agosto, 2009

    Ansiosa por leer el siguiente capítulo
    me gustó la historia.

     
  2. Jonatan - 17 Agosto, 2009

    Lindo,me encanta!!!!

     

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