Antes que las primeras veces se terminen. Vol. 2

 

Novela

Para detener el tiempo
Jorge Vargas

jorge@elcaminerito.com

Para Fabiola hubiera sido increíblemente exacto. Aquella visión, la del obrero muerto en plena fiesta, era un calco de “Alrededor del círculo”, una pintura de Kandinsky que podría resultar, para el ojo firme, algo peruana. Sin embargo Fabiola no tenía ni la intensión de saber que su amigo cargaba con un muerto.

Por las mismas épocas Fabiola también aprendía. Ahora, después de casi cuatro años, su cerebro había ocultado de manera inteligente y productiva aquella experiencia.

El sol cosquilleaba siempre el ánimo cada tarde cuando el colegio la dejaba libre. Su uniforme rojo-sangre brillaba, digamos, a borbotones. Fabiola y sus amigas subían contentas por San Andrés hacia la calle Ayacucho para abordar sus combis. De lunes a viernes, el resplandor blanco de la calle, explotaba en arco-iris pues ahí se reunían, como grajeas, muchachos y muchachas de los principales colegios, cada uno distinto por el color de su uniforme. En medio: deliciosa conciencia del existir.

Fabiola estaba indecisa.

—Chicas, me voy a pie.

—¡Ay, Fabiola! ¿Por?

—Fabiola, regia, ¡vamos en combi todas, pues!

—Chicas, chicas. No quiero llegar a mi casa todavía, quiero dar una vuelta.

—Mmmm, Fabiola te conozco, pero bueno, bueno. Ve, anda. Te quiero, amiguis. ¡Te quiero mucho!

Y todas se abrazaron. Una de ellas fue hasta la carretilla de helados D’onofrio y le invitó un Sandwich de vanilla. Fabiola las quería sinceramente. Se despidió con el saludo especial que su promoción había creado y comenzó a subir hacia San Andrés. Su carita estaba algo sucia y sus cabellos desordenados bailoteaban. El viento le sonreía en los muslos, su falda azul oscuro y una de sus medias casi en el tobillo. Volteó por la calle Almagro, cruzó la avenida el Sol y se detuvo en el enorme mural próximo al Banco de Crédito. El Cusco lucía como un antiguo señor de España, deslavado y burgués. Fabiola rió un poco de la composición del cuadro. Los dibujos, más bien simples, y el color reducían la obra a un esquema. Debió ser una gran obra antes, pero no ahora. Sintió que el helado goteaba y se apresuró en tomarlo, comenzó entonces a bajar por la avenida.

Ella se detuvo.

Un  hombre en terno plomo-rata le mugía a una anciana campesina. Grotesco como una gran verruga en el rostro, la alejaba con asco. La campesina avergonzada comenzó a andar hacia donde venía Fabiola, el hombre cruzó los brazos como vigilando que la anciana desapareciera. La mujer andaba con dificultad, tenía una soguilla amarrada a su pie izquierdo deforme la cual jalaba con la mano para avanzar poco a poco. Se le acercó a una Fabiola de piedra.

—Mamitay, mamitay. Hospital Lorenaman riyta munani. ¿Dónde, mamitay? Imaynatan chayayman? Mamitay… Manan pipas niwanchu imayna chaynayta, nadie, runa masiymi mana kasuwanchu tapukuqti. No me dicen. Nadie, mamitay.

Fabiola entendió lo necesario. Un golpeteo incesante sacudió su cerebro. Sintió que sus pechos se dilataban, sus manos endurecidas. Caminó apurada hacia el hombre y cuando estuvo cerca gritó:

—¡H I J O  D E  P U T A!

El hombre abochornado, desesperó y con la mano levantada amenazó maldiciendo a Fabiola. Ella vio que la anciana se iba, arrastrando el pie, con vergüenza, miró al hombre bufando, soltó su helado e impotente, corrió.

Fabiola lucía frágil, sus grandes ojos estaban húmedos todo el tiempo. Siempre parecía que estaba a punto de llorar.

*

Un escozor en la nariz despertaba a Jonathan hace cuatro años. Su inconciencia débil estuvo a punto de permitirle un restregón de cara. Se detuvo a centímetros de la picazón y despertando del todo, su corazón palpitó enardecido. Había faltado poco para matar a una de sus hormigas. Saltó de la cama y se lanzó al ropero. Se calmó y buscó en su reflejo dónde había ido a parar la hormiga: ausencia absoluta. Una enorme culpa sacudió su pecho. Creyó haber matado a la hormiga y se sintió el ser más estúpido del planeta.

Jonathan, después de lo sucedido con su madre, había perdido casi toda fuerza. Algo que lo mantenía, de algún modo, ecuánime era la convivencia con sus hormigas. Aparecieron una por una mientras él se interesaba en la concepción Andina del mundo, buscando consuelo. Jonathan-hecho-pedazos lo entendió como una señal del gran objetivo común. En aquella comunión él tenía el supremo poder y la suprema racionalidad. Reflexión constante. Entonces las observó cuidadosamente: las hormigas invadían su espacio sólo en busca de agua. Cómo negarles agua a los pequeños bichos. Comenzó dejando un vaso medio lleno en su escritorio, pero entendiendo después que el sitio resultaba desolado y frío, traslado el vaso diario debajo de su cama. Siempre era poco. Luego, migas, pedazos de carne, a veces grandes insectos aplastados: simplemente estaba colaborando con el fin común. Él era una representación de la Pachamama: poderosa e infinitamente sabia. Requería conocimiento y leyó mucho. Jonathan estaba convencido, él era responsable del mundo. Si era capaz de matar a una hormiga aún por equivocación, la Pachamama grande haría lo mismo con cualquier hombre inocente.

El asunto, decisivo: era responsable del universo de las hormigas y de los hombres.

Aquel día su conciente llegó al límite, su culpa era inconmensurable. Imaginó que la hormiga que había matado, debido a una estúpida picazón, era excepcional entre ellas. Primero debía resarcir a las hormigas comunes que habían perdido a su guía. Desesperado mojó unas cucharadas de azúcar con su saliva y las derramó debajo de su cama, era la primera vez que les daba dulce.

Tuvo que irse al colegio con las sienes ladrando.

Formaba esperando entrar a clases. Todos rectos. En-columna-cubrir-firmes-descanso-atención-Himno-Nacional-Somos-Libres-Seámoslo-Siempre…-Himno-al-Cusco-Cusco-Cusco-es-tu-nombre-sagrado. Todos bien parados, bien limpios, viendo cómo se arriaban las banderas, cómo se lee la Biblia. En-column-acubrir-firmes-descanso-atención-En-el-nombre-del-padre-del-hijo-del-espíritu-santo-amén. Y mientras rezaban el Padre Nuestro y el Ave María, Jonathan no hacía más que pensar en el destino ridículo que había tenido aquella hormiga. Cómo es posible ser tan necio, matar sólo porque a uno le pica la nariz. m a t a r p o r q u e a u n o l e p i c a l a n a r i z. m-a-t-a-r-p-o-r-q-u-e-a-u-n-o-l-e-p-i-c-a-l-a-n-a-r-i-z. m/a/t/a/r/p/o/r/q/u/e/h/a/u/n/o/l/e/p/i/c/a/l/a/n/a/r/i/z.

Todos tan rectos. Todos formando en línea, como hormigas, esperando entrar a clases para ser mejores, para tirarle papel higiénico mascado al techo y después decirle a los profesores que están creciendo hongos. Todos tranquilos, hasta felices como si nada hubiera pasado. A nadie le importaba una muerte más. Jonathan comenzó a ahogarse pensando en el desinterés de sus compañeros, pensó que ellos mataban. Y lo que era peor, mataban y seguían felices. Cómo estalló su cerebro entonces. Sus tobillos crujieron como resortes. En sus rodillas sonaban castañuelas. Sus testículos estaban a punto de desprenderse. Su estómago vacío. Su pecho caliente. Entonces su cerebro estalló.

[hormigas]

―Hijito, ¿Jonathancito?

La enfermera y la asistenta social del colegio formaban dos extrañas sombras a contraluz de un gran foco.

―Jonathancito, hemos llamado a tu casa. Nadie nos contesta.

—Nadie les contesta, sí —dijo Jonathan.

—Hijito, vives por el quinto paradero de Ttio, ¿no?

—Ajá.

—Ya hemos hablado con el Jefe de Normas, ay, déjame contarte, hijo. Déjame contarte: una bestia ese señor Pizarra para hablar. Una persona cerradísima. No sé cómo lo aguantan los alumnos. Horrible, Vilma, horrible. Bueno, bueno. Te hemos sacado permiso para que vayas a descansar a tu casa. Pero necesito hablar con tu mamá siempre. Tienen que chequearte, hijo.

—¿Te ha estado doliendo últimamente la cabeza, papi? —preguntó la enfermera.

Silencio.

La asistenta social lo acompañó en taxi.

Estaba pálido como un libro antiguo lleno de polvo. Se echó en su cama.

La tristeza era general y pensó volverse loco.

Sin embargo, algo de su razón acudió. No había enterrado a la hormiga. Su gran alma erraba con desesperación buscando consuelo. Se inquietó ante la posibilidad de no encontrar el cuerpo pero concluyó que algo simbólico le daría tranquilidad a ese espíritu. Pensó que la mejor hora para un entierro es la más hermosa de la tarde: cuando el sol parpadea de sueño y el ambiente es de bronce. La mañana fuera del colegio le resultaba nauseabunda y para existir con plenitud comenzó a leer Ulises de James Joyce, así esperó hasta la tarde. No comió: penitencia.

Al sentir el polvo metálico brillante saltó de su lecho, corrió a la cocina, vació una caja de fósforos y puso un pedazo de carne cocinada, un pequeño montón de azúcar y una chapita de gaseosa con agua. Desesperado, pensando en el sol que se iba y ya con el ataúd subió al altísimo puente del quinto paradero de Ttio desde donde se podía ver la enorme pista de aterrizaje del aeropuerto. Mirando al cielo de metal pulido improvisó una ceremonia. Le rogó al Sol poderoso que haga descender aquella gran alma sin problemas y que continúe con su vida laboriosa en favor del gran objetivo común. Bajó luego del puente, cruzó la primera pista y llegó a la berma donde había pasto. El uniforme de su colegio brillaba extraño mientras él, con las uñas, hacía un hueco. Cuando lo encontró preciso, colocó el ataúd, hablándole fuerte le deseó un exitoso descenso a las profundidades. Cubrió todo con tierra. Se levantó y, siendo precavido, cruzó la pista entre los carros. Entró a su casa y comió por fin. Subió a su cuarto aún con el cielo metálico. Se deshizo con cariño de su uniforme, lo colgó. En calzoncillo se desplegó en la cama. Jonathan era hermoso a veces. Sus miembros como látigos y un exquisito aroma a galleta casera. Cerró los ojos sintiendo el frío.

Se observó en el espejo a contraluz, sólo su imagen apagada por el fulgor inmenso del día que termina. La belleza de la composición que encontraba en el espejo terminó por deshacerlo una vez más. Aquel galope en el pecho hería, nuevamente pensaba volverse loco. Buscó en las partes altas de su escritorio y encontró su pequeña chuspa envolviendo un puñado de hojas de Coca; hace unas semanas la utilizaba para calmarse. Se extendió nuevamente en la cama y comenzó a chaqchar. Respiró, pero el dolor agudo no se iba, el desespero volvía como vidrio filudo hacia la garganta. Su cuerpo comenzó a explotar en espasmos, su cabeza a desfigurarse como plastilina en la tumba de un muerto. Si no hacía algo, esa tristeza interminable y sin motivo lo iba a matar. Se puso de pie. Miró en derredor, asustado y encontró las llaves de su casa. Las tomó y se acercó al espejo. Comenzó a desollar su pecho huesudo, la llave poco a poco se hundía intentando llegar al origen de ese peso caliente. La sangre, pese a la profundidad, no era demasiada. Un profundo y circular insecto de carne viva. El alivio en el pecho comenzaba a sentirse, pero sin embargo la cabeza latía dolorosa. Escuchaba una aterradora mandolina y, en medio de la confusión, innumerables cuerdas se desprendían y se empotraban filudas en la masa de su cerebro. Anochecía. Su reflejo era más sensato entonces. Se miró fijo. Tomó nuevamente la llave y se la llevó encima de la cabeza, en el centro mismo, casi dónde hay un remolino de cabellos. La sangre esta vez fluyó mejor. Cogió un poco del hach’u de la Coca que mascaba e intentó rellenar el agujero de su pecho. Luego tomó otro poco y se lo puso a la cabeza.

Nunca más se desesperó tanto.

Jonathan tiene una hermosa quijada partida.

Y las pocas veces que sonríe, cuando nacen hoyos en sus mejillas, sonríe el Todo también.

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6 comentarios... agrega el tuyo!

  1. erwinesto® - 5 Septiembre, 2009

    Que genial que compartas los capitulos de tu Obra!!!… XVR!… Espero tener un ejemplar pronto!… Jorge… un abrazo! Nos vemos pronto!

     
  2. Lucía - 5 Septiembre, 2009

    Fantastico y maravilloso!!!!

     
  3. Jennyfer - 9 Septiembre, 2009

    Quiero continuar la lecturaaaaa!!!!
    creo que compraré el libro jajajaja
    nada…. muy bueno!
    :)

     
  4. Luce - 9 Septiembre, 2009

    wow!!
    realmente me gustaaa!! :D
    siempre espero con muchas ansias el siguiente capítulo!!!
    espero q sea pronto :)
    y como dicen io tb spero tener un ejemplar pronto!! jijiji
    Muy Bueno!

     
  5. Kathy - 10 Septiembre, 2009

    Estaba ansiosa por continuar la lectura y pues sólo puedo decir que me encanta….
    seguiré esperando y que sea pronto!!!
    porfa =D
    jejeje

     
  6. Jorge - 11 Septiembre, 2009

    Muchísisisisisisísimas gracias por el aliento y la emoción.
    Ojalá que la historia no les vaya a defraudar. :-p
    En Cusco el libro no está a la venta (andaba haciendo los trámites y tuve que venir a Arequipa)
    sin embargo el libro está en Lima y en la FIL de Arequipa.
    Muchísisimas gracias! :-p

     

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