Octubre 18, 2009 Novela
Para detener el tiempo
Jorge Vargas
jorge@elcaminerito.com
Una multitud ruidosa cubría la Plaza de Armas del Cusco por el día festivo. Los muchachos, en grupos, conversaban animados con una alegría epidémica. La diversión completa y sus engranajes funcionando correcto, las noches de fiesta en el Cusco son fáciles.
Bajaron del taxi a la altura del atrio de la catedral. Jonathan se percató de la multitud pero esta vez era invisible, el fulgor de sus amigos lo ocultaba y él sintiéndose tan tranquilo. Se dirigieron a la pileta. Fabiola y Abelardo eran abordados constantemente lo que detenía su trayectoria, saludaban y conversaban un poco, reían. En estos casos siempre hay algo de fama. Ella una revolución en la pintura joven peruana; él, un muchacho apuesto que salía en la última propaganda de Inca Kola.
Fabiola ya un poco inquieta insistió para que Abelardo caminara más rápido.
—Abelardo, ¿te apuras?, tenemos que ir a beber antes del Caos… ¿dónde vamos a ir a comprar el trago?
—Suave, Fabiola; cuando se trata de trago mosca eres ¿no?
—Aaaay, tarado. ¿Sabes qué? Para tu información, a mí me gusta chupar porque —Fabiola pensó en sonar interesante—… con el trago soy capaz de detener el tiempo.
Mientras Abelardo reflexionaba en las palabras de Fabiola, Jonathan en silencio.
Enrumbaron hacia Plateros. Fueron abordados al cruzar la pista por los que regalaban free passes para las discotecas cercanas que pese a ser pequeñas se repletaban de turistas. Como todo, existían ventajas (estaba permitido hacer lo que sea, nadie lo recuerda a uno) y desventajas (habían hecho una promesa: nunca pasar la noche o besarse o siquiera intimar demasiado con un extranjero, lo consideraban de muy mal gusto).
—Compraremos un Pisquito acá, ¿no? —Abelardo se detuvo en una licorería de la calle Plateros.
—Ya pues. Haremos una chancha —dijo Fabiola.
—Diez soles pues por cabeza. Diez soles, ¿ya, Fabiola? ¿ya, chato?
Cuando obtuvo el dinero se adentró en el lugar.
Ahí, Fabiola se deshizo. Notó que entre tanta gente animosa y perfumada, una pequeña anciana ofrecía bolsitas con hojas de Coca y pulseras artesanales. Estaba sentada en el portón de una casona. Sonreía increíblemente y el andar de las personas con tanta indiferencia.
—Maldita sea, nosotros gastándonos un montón de plata para chupar y esa viejita…
En el corazón de Fabiola crecía una llaga azul. Se convenció de que toda la pobreza en el mundo era culpa de gente como ella. Suspiraba. Buscó dos soles, pensando que una cantidad mayor o menor resultaba ridícula, y cruzó la pista con ira, sin importarle la acción de los autos. Se acuclilló. El sonreír verde de la ancianita. Le faltaban algunos dientes y masticaba Coca. Fabiola triste, aunque sonriendo, le entregó el dinero y fue agradecida con una reverencia sincera. Aquel vínculo sería eterno. Corrió los pasos que la separaban de sus amigos. Abelardo llevaba una bolsa de plástico.
—Acá está tu trago. Ya pues, ¿a dónde vamos a ir? —comenzaron a andar con dirección a la calle Saphy—. Chato, tú elige, elige la calle que quieras.
—Hace frío.
—Ya sé que hace frío, pero ¿cuándo el frío nos detuvo?, no jodas pues chato. ¿Qué? quieres ir a un bar seguro. Pero ya compramos pues el Pisco.
—No, no es eso.
—Ya, ya; oye, Fabiola, tú elige.
—Donde quieran.
—Puta madre ¡Ahora tú te pones mal? Ayayayayay. No se cómo los aguanto a ustedes par de… fenómenos. Ja, ja, ja. Ahora, qué tienes tú.
—Pucha, ¿No se dieron cuenta? Había una pobre viejita, ahí sentada en la puerta del Ukukus vendiendo hojitas de Coca, ay… y no sé… ¡me llega! Y lo peor, nosotros, nosotros que nos gastamos tanta plata en trago.
—¡Carajo, Fabiola! Por las huevas te preocupas —Abelardo detestaba momentos como aquel. Él jamás se deprimía—. Esa abuelita, ¿tú crees que si no vendiera estaría ahí siempre?, vende pues, huevona. Vende, o sea, no te digo que, puta, vende como mierda y tiene full billete. Pero ya pues, ponte a pensar si le quitaran esa posibilidad, de vender, tal vez se moriría, tal vez eso la mantiene viva. Mira, te propongo algo, ¿sabes dónde hay viejitos más tristes?
—Dónde.
—En el asilo. Un día vamos pues, comemos caramelos con ellos y conversamos un rato, ¿ya?
—Ya, pero en serio.
—En serio pues.
El latir de Fabiola la satisfacía de nuevo.
—Fabiola, mira ¡un ovni! —gritó Abelardo señalando al cielo. Fabiola se interesó—. Ja, ja, ja. Ni cagando.
—¡Maldito!
Llegaron a la esquina con la calle Amargura. Fabiola se detuvo y observó la Compañía desde ahí, desde Teqsecocha, reconoció a la niña de La ronda de noche de Rembrandt. Es cierto, la Compañía era inmensa en el plano con respecto a las proporciones de la niñita pero ambas eran la luz, eran capaces de encenderlo todo.
—¿Ven? El destino nos ha traído hasta aquí. Vamos a sentarnos en las gradas y chupamos tranquilos —dijo Abelardo— ¡La cagada! Yo me iba por acá al colegio. Tenía que subir todas esas gradas.
Las calles estrechas parecían el rostro de una bruja escandinava. Misteriosas y pálidas.
Ellos, su entusiasmo y un viento frío que parecía conversar.
—Tomen asiento, bueno, bueno comenzaré yo ¿Les parece bien? Para la Pacha, para la Pacha —Abelardo derramó un poco de Pisco al suelo.
—Un poco nomás, zonzo. Después la Pacha se emborracha ¿y? —repuso Fabiola.
—Temblor pues. Ja, ja, ja. Salú, salú —Abelardo bebió, le pasó la botella y el vasito a Fabiola—. ¡La cagada! Las gradas en las que están sentados me vieron subir todas las mañanas hasta mi cole. Saben ¿no? El mejor colegio del Consorcio.
—¿El mejor? ¡Ay! Por favor. Salú, salú —Fabiola contrajo su rostro—. Uyuyuy, está fuerte el Pisquito ah.
Jonathan recibió la botella y bebió.
—Salú, salú.
—Bueno, bueno. Quiero hacer un brindis pues, un brindis por mi cole Salesianos porque desde que salí no me dejo de soñar que vuelvo, en serio. Salú, salú.
—Eres un tarado, egoísta —Fabiola sirvió el vaso—. Yo quiero brindar por todos nuestros colegios. Santa Rosa, “i ese pe” por si acaso, La Merced y Salesianos. ¡Los mejores del consorcio! ¡Los mejores del Cusco obviamente! Y saben porqué, porque estuvimos los tres. ¡Salú caracho! ¡Salu! —brindó Fabiola.
—A la mierda, cuatro años ya que salimos del cole. ¡Qué huevada!
Jonathan se agazapó. Hubo nostalgia.
Bebieron, por algunos minutos, sin novedad.
—Oye ya. Tranqui nomás porque hace rato un gringo está que sale para chequearnos por esa ventana. Suave que ahorita llaman a Ronda Política Actual —Abelardo comenzó a imitar al conductor— el programa político más controvertido y revelador de la televisión cusqueña. Esta semana tenemos un destape es-pecccc-ta-cular. Chucuchú tantantán tarantantantantán. Ja, ja, ja. La cagada es ese programa.
La noche. Los astros. El viento se escabullía entre las ropas.
—Alaláw.
—¡No! —dijo Fabiola.
—¿Qué?
—¡Ya sé! ¡Abelardo eres un genio! ¡Salud por eso! —el Pisco continuaba circulando.
—¿Qué tiene la loca ahora? ¿Qué hice ahora?
—Aaaaaay… ¿No entiendes? ¡Ronda Política! —los ojos de Fabiola eran todo emoción, estaban tan de acuerdo con aquella melodía que es la noche en el Cusco— ¡Ronda Política Actual! El programa político más entretenido y revelador de la televisión cusqueña. ¿Entiendes?
—Es “más controvertido y revelador” no “más entretenido y revelador”
—¡Ya pues, Abelardo! ¡Ay! ¡Me llega! —Fabiola le pasó el licor a Jonathan— ¿Por qué siempre les tengo que explicar las cosas tan detalladamente? Miren, escuchen con muchísima atención. ¿Okei? Ya, podemos hacer un video de escándalo, de borrachera, así pues… de perdición y lo enviamos a Ronda Política. ¿Me entiendes? Un grandísimo escándalo pucha… y yo saldría terriblemente mal pues, me afectaría un montón. ¿Me entienden?
—¡Señor que estás en los cielos, ayúdala! —dijo Abelardo, sorbiendo el Pisco con Coca-cola.
—¡Caracho, Abelardo! Estoy hablando en serio.
—No entiendo —dijo Jonathan.
—¿Ya ves! ¿Ya ves! Ni el chato te entiende, y eso que él es recontra inteligente, ah.
Fabiola se detuvo. Tomó aire levantando sus ojos al cielo. Prosiguió.
—Un escándalo gigantesco es una buena razón para suicidarse. ¿O no?
—¿Sigues con esa huevada?
—Abelardo eres un pobre imbécil. En serio, la idea del suicidio es de verdad. Piénsenlo muchachos, no bromeo. Jonathancito ¿tú si me vas a ayudar no?
—Sí, supongo —Jonathan aún no asimilaba el asunto.
—Bueno pues ¿me van a escuchar o no?; oye Abelardo no te hagas el vivo ah, me tocaba a mí. Estamos yendo por derecha ¿okei? Bueno, escuchen, todo sería cuestión de pensar en algo que pudiera implicarme en un… súper, archi, hiper, duper escándalo. Tendrá que ser algo así, subidazo de tono, algo muy, muy fuerte. Llamamos nosotros mismos al canal ese y les decimos que la tal Fabiola está en alguna actitud sospechosa o algo así y vendrán, tiene que ser algo increíble. Entonces me deprimo horrible, no aguanto más, no sé; inventamos un par de cosas más por ahí, o sea, no me voy a matar por el escándalo, sino haremos creer que hubieron más cosas pues y ¡ya! Fabiola se cansó de lidiar con los fantasmas de su mente y se quitó la vida, así dirían. Una razón convincente. La cuestión sería pensar en qué.
—Fácil —Abelardo bebió una vez más, rápido. Pensó en el exagero de Fabiola, no la consideraba tan importante como para que a Ronda Política le interese; se distrajo, imaginó—. Una noche nos vamos de juerga, fácil acá mismo. El escenario es pues, chévere. Chupamos, igualito que ahora. A eso de la una de la mañana el Jonathan se hace el que se va pero llama al canal. Entonces, nos hacemos los locos un ratito y cuando notemos que los camarógrafos estén cerca, fingimos estar más ebrios de lo que estemos y en plena calle, suaaaaa me la chupas.
Fabiola enrojeció.
—Oye, cállate ¿ya?
—De qué te arrochas oe, si acá todos somos choches, ¿o no? Ja, ja, ja.
Sintieron las manos adormecidas y los labios tan ligeros como sus palabras y su risa fácil. Rieron. Bebieron algún rato más. El Pisco se agotaba.
—Ya, ya tranquilos, tranquilos. ¿Qué hora son?
El alcohol es una silueta agridulce y hermafrodita.
—Oigan, oigan ¿Qué hora son? —preguntó Fabiola, de pronto lúcida.
—Son las, son las —Abelardo intentaba agudizar la visión, sentado tambaleaba— Once, son las once —no habían comido, el alcohol se disparaba en sus cabezas.
—Oye ves, ya es tradazo —dijo Fabiola.
—Ajajajajajaja, tradazo, ha dicho tradazo.
—Calla borracho de miércoles, digo ya es tardazo para ir al Caos, mejor nos vamos a alguna disco de por acá no más.
—¡No! No, no, no, no, no, no. Nada que ver. Mucho gringo. Los gringos no se bañan.
—Abelardo… mejor vámonos a una disco de por acá no más. Oye… propongamos… la tranquilidad como primera… visión. ¿Te das cuenta?, quiero tranquilidad esta noche. Quiero bailar esta noche hecha una perra, ¿entiendes? —el extranjero de la ventana volvió a salir, miró con insistencia a Fabiola, al percatarse alzó la voz —. Sí pues, quiero bailar con ustedes como una perra ¡Como una perra!
Sus ojitos adormecidos eran aún hermosos. Su rostro, como el de Abelardo, había enrojecido. Muy vagamente Jonathan pensó en advertirles.
—Ajajajaja. Eres una completa perra —dijo Abelardo—. Una perra sin remedio. Ajajajaja.
Fabiola alegremente enfurecida tomó un mechón de los cabellos de Abelardo y los zarandeó.
—Ya, ya, achakáw mierda. El gringo está que sale a cada rato, va a llamar a la tombería, a los policeman, a los cops, va a llamar, shhhh —advirtió Abelardo.
—¡Qué se vaya a su país ese gringo! Carajo —gritó Fabiola.
Jonathan se oscureció por un malestar profuso. Anudó las piernas con sus brazos y ocultó la cabeza. Fabiola y Abelardo continuaban discutiendo.
—¡Sí, tienes razón, gringo! ¡Los latinos somos mucho más limpiecitos que ustedes! ¡Cochinos!
Ambos callaron. El silencio fue reflexivo.
—Mucha huevada ya —murmuró Abelardo apagando las últimas cenizas xenofóbicas—. Mucha nota.
—Sí ¡Qué roche! Shhhhhh… silencio. En serio ahorita nos botan. Oye, oye ¿Y el Jonathancito?
—Oye, chato. ¿Estás bien?
—…í.
—¿Qué?
—Doy bien.
—Puta que el enano ya fue ya. ¿Y ahora?
—Jonathancito —Fabiola se acercó—. ¿Jonathancito? Ya vamos ¿Ya?
—…í —asintió y apoyándose en los hombros musculosos de Abelardo consiguió ponerse de pie.
Fabiola le tomó el rostro lívido.
—¿Jonathancito?
Sintió que fuerzas extrañas estrujaban su vientre. Quiso advertirles a sus amigos, Fabiola aún lo acariciaba. Las advertencias, para un cerebro ebrio, son pesadas y torpes.
Vomitó.
En el Mamáfrica hacía muchísimo calor. Las facciones de Jonathan habían mejorado y era él quien, ahora, iba al frente del grupo. Fabiola lo abrazaba cariñosa y Abelardo los seguía tambaleante y muy callado.
—¿Me dan sus ropas? Yo las llevo a donde se guardan.
—¡Ay, caracho!, ¿ves? Sin el Jonathancito, ¿qué haríamos? Pucha, ponte a pensar nomás. Pucha, Jonathancito, yo te quiero mucho —dijo Fabiola.
Abelardo, desplomándose muy brusco, se sentó sobre el escenario al frente de la barra donde las personas menos tímidas solían moverse para el espectáculo común. Se deshizo de la ropa más abrigadora quedándose solamente con una camiseta verde ceñida y sin mangas. Fabiola hizo lo propio, su vientre planísimo seducía. Sus brazos delgados y firmes invitaban.
La discoteca era pequeña y cosmopolita. La gente que aún no se atrevía a bailar acumulaba entusiasmo en las mesitas bajas alumbradas por velas y por sus tragos coloridos. La mayoría de asistentes eran extranjeros contorsionándose de manera llamativa y curiosa pero que a nadie le importaba. Lo cotidiano, grupos de chicas y grupos de chicos, muchos bailaban solos.
—Abelardo, Abelardo. Oye, ponte bien que ahorita nos van a botar. Caracho, Abelaaardooo.
Abelardo yacía muy quieto, escondiendo la cabeza entre sus brazos fuertes. La mente se le comprimía, sintió ahogarse por un momento.
—Voyá baño —inestable, se puso de pie.
—Abelardo espera que el Jonathancito llegue —Fabiola lo tomó con firmeza de la cintura e intentó sentarlo de nuevo. Abelardo le retiró las manos. Fabiola sintiendo efímeras las voluptuosas y durísimas nalgas de su amigo procuró nuevamente un método para toquetearlo. Intentó sentarlo tomándolo ahora de las nalgas.
—¡No joascoshetumare!
El grito de Abelardo fue hostil. Ella comprendió sin problemas la textura gutural de sus palabras y mientras lo veía salir de la discoteca desconocía al chico hermoso. Sintió la tristeza absoluta de los borrachos tan lejana, sobre todo, a las melodías alegres de las discotecas.
—Do you wanna dance? —un hombre rubio había reparado en ella.
—Sorry, yo… hablo español, no te entiendo ni mishi, ni michi —contestó indignada por la inoportuna presentación del extranjero.
—Oh, disculpa ¿tú quieres bailar conmigo?
—Bueno, ya.
El señor era apuesto y olía muy bien. A Fabiola le resultó fácil menear su cuerpo. Ya no estaba molesta con el extranjero.
—And… where are you from? —no había más nudo en la lengua de Fabiola
—I thought you speak just Spanish —dijo el extranjero sintiéndose víctima de una burla.
—Well, I can speak english but my english is very poor, and I was so angry… you know… but, it doesn’t matter anymore. Where are you from?
—Ok, no problem, I’m from Switzerland.
—What?
—Switzerland —dijo el extranjero.
—What did you say?
—Switzerland.
—Oh my gosh, I’ve never heard that name before! —dijo Fabiola.
—Suiza.
—¡Ah! ¡Qué lindo! Los alpes y todo eso ¿No?
—Excuse me?
—Nothing, nothing.
—And you, where are you from? —preguntó el extranjero.
—Don’t you see?
—No, I don’t.
—I’m from here. I’m proudly Peruvian —respondió Fabiola.
—Oh, yes? You don’t look like!
—Why?
—You’re so beautiful —dijo el extranjero.
Fabiola volvió a odiarlo. Odió a todos los extranjeros de la discoteca.
—Oh my god! You look like… Paris Hilton… ¡Gracias a Dios! My friend is over there. Buhbye —Jonathan apareció ligero de ropa—. Jonathancido ¡Gracias a Dios me has salvado! Un gringo viejo… ¡Qué hijo de su madre ese gringo! quería conmigo… un tarado… un pobre imbécil, ¡no te imaginas! No puedo creer que sea tan bruto, tan bruto ¡Aaaay! ¡Lo odiooooo! ¡ay! ¡ay! ¡ay! —estaba insatisfecha, quería golpear al extranjero. Recordó a Abelardo, se calmaba—. Pero, bueno, bueno ¡no importa! Aayayayayay —Fabiola reía—. ¡Ah! ¿Sabes qué, Jonathancito, sabes qué?… me he dado cuenta una cosa, de que cuando uno esta borracho, su cerebro se activará, no sé; la cuestión es que hablas bien en inglés.


uy k las noches en cusco son bien kemolis y divertidas con los yuntas, los bros, la bateria…buena jorge!!!
seee Nico!!!!!!
besitos!!!! :-p