Antes que las primeras veces se terminen. Vol. 5

 

Novela

Para detener el tiempo
Jorge Vargas
jorge@elcaminerito.com

2

Un zumbido absoluto parecía alejarse en la inmensidad del sueño. Fabiola despertó abotagada.

Su habitación le pareció demasiado luminosa, tuvo miedo de haberse despertado al mediodía. Observó el reloj de su muñeca transparente. Eran las ocho y media de la mañana. Cuando escuchó el crujido de la puerta cerró los ojos y trató de esconderse bajo las frazadas disimulando. Arsenie entró sigiloso, Fabiola siguió su trayectoria lenta hasta la ventana, después de un gesto ácido la abrió. El sentimiento de tranquilidad que le suponía vivir sólo con Arsenie la abandonó entonces.

Arsenie había llegado inmediatamente después de la muerte de los padres de Fabiola.

Aquella mañana el timbre intempestivo del teléfono la despertó tempranísimo aún cuando el filtro celeste del día joven lo cubría todo. Fue su madre quien atendió. Fabiola agudizó tanto su oído como la helada había agudizado sus pezones.

—¿Aló?… ¡Ay Juan Carlitos! Cómo me llamas a está hora pues, hijo… dime… dime, no más dime. ¿Cuál? ¿La offset grande?… ¡Ay no te puedo creer!… Y ¿quién ha sido pues? ¿Quién ha estado manipulando las máquinas al último, ayer?… ¡Ay, Dios mío! ¿Y ahora?… ¡No pues! Yo que les doy confianza y ustedes… ¡Ay! No me digas, no me digas, Juan Carlitos… ¡Ay! Sí, pues… ¿Para cuando es lo del señor Linares?… ¿Pasado? ¿No era de acá tres días? El señor Linares me va a matar, ahora sí, ahora sí… ¿Ya has llamado a lo de los repuestos? Lo habrás llamado al Alancito a su casa, no creo que hayan abierto lo de los repuestos todavía… ¿Y? ¿Y no hay?… ¡Ay, Juan Carlitos! Las noticias que me traes. Me iré a Lima no más pues, ya les descontaré a ustedes… ¿Cómo? Claro pues hijito, alguien habrá hecho algo ayer, la máquina no se va a malograr sola ¿no? ¡Ay ya, ya hijito! Si se puede avanzar algo con las máquinas chicas, alguito avancen pues ¿ya? Nos veremos mañana pues. Ya… okei… okei, okei… dile a la Mayrita que lo haga… ya, chau hijito, chau.

—¿Qué ha pasado? —su papá se había levantado también, preocupado por el barullo. A veces, las voces parecían diluirse en los pasillos como si algo tratase de ocultarle a Fabiola la verdad.

—Nada, nada. La offset grande se ha malogrado. El sonso del Juan Carlos qué habrá hecho anoche pues con la máquina.

—Te dije que no debimos contratar a ese vago de porquería. Siempre resulta lo mismo. ¿Y ahora? ¿Hay repuesto donde el Alancito?

—Dice que le ha llamado a su casa y que no hay, dice que recién van a hacer pedido. Y hasta que llegué, uy, fracasa pues el negocio con el viejo Linares. Y ¿cuánta plata se nos va ahí?

—Sí pues. Pero para que veas. Para que la próxima me hagas caso. ¿Y ahora?

—No hay otra, Antón. A Lima no más me voy a ir.

—¡Ay mujer! ¿Hoy día no es el cumpleaños de tu hermana?

—Sí pues, pero ¿qué se va a hacer? ¡Cuánta plata se nos va a ir en lo del señor Linares!

—Tú sabrás lo que haces.

—¿Sabes qué? Porqué mejor no me lo vas llamando a Wayra Perú y de una vez compras los pasajes para ahorita mismo a Lima, ida y vuelta. ¿Ya? Mientras yo me alisto. Ojalá haya avión para ahorita, para ahorita mismo.

Fabiola siempre había desconfiado de Juan Carlos. Oyó cómo las pisadas húmedas de su madre salpicaban por toda la casa. Frustrada intentó dormir. Estaba tan cubierta que ya no sentía frío, sin embargo sus pezones continuaban tiesos.

Cusco comenzaba a moverse y aunque la noche anterior haya sido catastrófica los sábados nunca despierta con resaca. Cusco no tiene resaca jamás.

Fabiola, cubierta sólo por sus breves ropas interiores, se debatía en la elección del atuendo de turno. Dando saltitos gráciles que mostraban, a sus quince años, unas ya ondulantes y consumadas formas. Se encerró en el baño y vacilante se desnudó. Se observó contenta en el espejo.

—Pucha madre, mi expo —dijo antes de cerrar las cortinas y soltar el agua caliente.

La vinculación con los mejores artistas plásticos del Cusco fue espontánea.  Poco después de cumplir los trece años su prematuro talento había sido distinguido en numerosas ocasiones. Su capacidad era innegable. Fue invitada a la escuela de Bellas Artes como alumna libre un año después. Sus padres comenzaban a sospechar que todo iba en serio y fueron ellos quienes se habían opuesto a que se reúna la colección de sus cuadros para exponerlos. Enterado del problema el maestro pintor Guido Salazar abordó una noche a Fabiola para proponerle una exposición sin que sus padres lo supieran. “Es hora, no dejes pasar la oportunidad de volverte inmortal”. Volverse inmortal, sonaba mágico e increíble. Qué más combustible para una vida feliz que la oferta, al parecer garantizada, de inmortalidad. El frenesí de Fabiola sólo podía ser superado por su fantástico talento. El ajetreo no fue más que divertidas maromas durante sus vacaciones escolares. Se escogieron dieciocho de sus treinta y tres pinturas en las que se reunían, más o menos constantes, matices azules en formas explosivas o en armonía con los paisajes cusqueños, al principio era seguidora de Kandinsky (en la forma y colores, pero sobre todo por su peso teórico), desde siempre fue muy técnica. Se proveyeron los bastidores faltantes y se consiguió el salón principal de la Municipalidad del Cusco.

Había logrado olvidar por unas horas lo que no salía de su mente ni un momento desde hacía tres semanas y el batir constantísimo de su corazón retorno galopando.

Observó nuevamente su reflejo y ahora, sin dudar, corrió la cortina dispuesta a entregarse al afortunado vapor. Le había prometido a Guido Salazar que todo se mantendría en secreto para sus padres, pero no estaba segura. Las consecuencias la inquietaban. Tenía miedo. Sentía cómo el agua jugueteaba con ella. Era absurdo estar pensando en sus padres mientras se bañaba. El ceño lo sentía pesado; la barriga, llena. Enjabonó su cuerpo con ímpetu mientras tejía posibilidades. Pensó en vender sus cuadros con libertad, pensó por un momento en Frida Khalo, pero meneó la cabeza y recordó a Tilsa Tsuchiya, pensó en vivir feliz. El agua era excitante. Pucha madre, pucha madre ¿Y ahora?… ¿Cómo michi se lo digo a mis papás? Papi, papi… me olvidé contarte. La semana pasada Guido Salazar, el pintor ése pues, ése que la otra vez salió en la tele, sí, sí, ése que anda saliendo siempre en la tele, hasta en cable, uno de Cusco. ¿Te acuerdas, no? Ya pues, me dijo para hacer una expo. Sí, de mis cuadros. Y seguro mi viejo dirá: ¡Ay hijita! ¿Otra vez con lo de los cuadros? No pues hombre, no pues. Ya sabes lo que tu  mamá piensa de eso ¿No? Entonces pues hijita. Fabiola recordó la triste reacción de su madre cuando le había enseñado el dibujo que tenía planeado presentar en uno de sus primeros concursos: “¡Ay hijita! Está más o menos tu dibujito”. Cuán absurdamente puede actuar un adulto intentando hacer el bien. La madre no estaba en absoluto dispuesta a poner en riesgo el futuro de su hija. Sufrió mucho visionándola como una borracha con el cabello pintado. Fabiola sin embargo, corrió veloz su carrera de colores. Ganó su concurso y desde entonces nadie la pudo detener. ¡Claro! Si nunca me acompañan a recibir mis premios, nunca, nunca, nunca. Siempre lo mismo: Hijita, date cuenta por favor, de eso no se vive. Te vas a morir de hambre si quieres estudiar eso de la pintura. Mira, yo siempre quise ser profesora de educación física ¿Te imaginas qué nos hubiera pasado? No vivirías feliz en una buena casa, en un buen colegio, no serías feliz como lo eres ahora. Entiende hijita, por favor entiende… Aaaaay… floro barato, floro antiguo que huele a naftalina, wajjjj, floro barato, floro viejo. Y los intentos por detener esa marea vertiginosa fueron descabellados y crueles. Entre otras cosas, cortaban las cerdas de sus pinceles o vaciaban sus pinturas y disolventes al baño. Cómo me los tenía que esconder, caracho. Cómo me los tenía que esconder. Tremenda destrucción recíproca. Los padres sufrían tanto como ella, pero la amaban muchísimo. Sus últimas reflexiones la arrastraron de nuevo al rincón más incomprensible de su alma adolescente. Pucha madre, pucha madre. Y la furia, como ola de río violento, rompió sobre su orilla revolcándola una vez más.  Sintió sus puños llenos de sangre, pensó en epitafios. Imaginó un cementerio eterno lleno de cruces encendidas. Ella era transportada en una calesa. Imaginó al demonio. Vio cómo los caballos, de susto, comenzaron a volar y sólo pensó en mostrarle el dedo medio a lucifer.

Decidió por fin, no decir nada.

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