Precipitaciones pluviales

 

Teatro

Sospechosos Habituales
César Alberto Venero

X Festival Mundial de Teatro

Día 2 –  Precipitaciones pluviales

Estimulado por la increíble presentación de David Mondacca en la fecha anterior. Llegué por la mañana a la Alianza Francesa para escuchar dialogar al actor boliviano con otros colegas. ¨Su casa era una eterna noche¨ dice Mondaca al describir la morada del escritor Jaime Saenz, su principal inspiración. Luego agrega risueño que ¨según Saenz, uno puede ser poeta sin escribir una línea, basta con sumergirse en lo más profundo de las emociones¨. Sus compañeros no formulan preguntas sino agradecimientos.

Minutos después, las venezolanas Liseth Cuenca y Rocío Perea amablemente me permiten observar su ensayo. Atento miro como marcan sus pasos, cómo generan su propia música con la respiración entrecortada y cómo sostienen sus movimientos a pesar de los tropiezos. Me canso con sólo verlas e imagino el irremediable resonar de sus pulsaciones, cortesía de la altitud andina.

Esta noche, Fundación Contratiempo de Maracaibo parece que se bautizó a propósito, la persistente garúa atrasará en media hora las presentaciones. La molestia se disipa a punta del taconeo certero. En esta mezcla de flamenco y danza tribal, a falta de abanicos tenemos bastones. Liseth y Rocío cortan el viento con la fuerza de sus adminículos. La primera fila luce nerviosa. Que el grave soplo no se convierta en rochoso golpe. Tranquiliza ver como cierran la performance, con sus caderas susurrando caricias.

Al volver a la sala, un cuerpo desnudo recibe una iluminación difusa. Con su sexo escondido entre las piernas, avanza lentamente hacia los espectadores. Trata de decir algo. Los primeros sonidos inteligibles mutan en palabras ofensivas pero de uso común: Maricón, cabro, rosquete. Así se inicia Homo con Samuel Dávalos. Obra de estructura confesional por momentos, que coloca al actor en un punto límite de exigencia física. Dávalos, con un desplazamiento escénico notable, puede cambiar velozmente de personajes mientras su figura errante no conoce de direcciones. Pero esto no es concurso de resistencia, es teatro. La crudeza de la puesta pretende justificarse por el dolor de un ser asexuado (Irina, el personaje-víctima) ante su propia inconsistencia. Acá, la castración fue social.

Los aplausos fueron incesantes, tanto como los chubascos que sentimos en la cara al salir a la calle. Eso es lo más cerca que estuve de llorar.

Fotografìas de Alberto Venero donde no consigne otro autor.

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