Antes que las primeras veces se terminen. Vol. 7
Diciembre 1, 2009 Novela
Para detener el tiempo
Jorge Vargas
jorge@elcaminerito.com
Atardecía el telar del cielo. Abelardo y Jonathan dieron la vuelta a la esquina de la avenida el Sol desde la Plaza de Armas. Jonathan pensó que a esa hora el Cusco podía reconocerse mejor así mismo en relación al gesto natural de las personas.
—¡Ah! Chato, chato. Te cuento —dijo Abelardo—, estaba leyendo una Etiqueta Negra en la jato de mi pata y encontré una huevada recontra interesante, chato. Mira, dice que la única gaseosa en el mundo entero, en el mundo entero, ah, que le ganó en ventas a la Coca-Cola en un país fue… adivina.
—No sé
—Inca Kola pues, chato. ¡Inca Kola! ¿Y quién es su modelo actual? ¿Quién es su modelo actual? Ja, ja, ja. Bueno, bueno. ¡Chato! Nos culeamos a los gringos sin su consentimiento en one. ¿Manyas? O sea al país más poderoso del mundo, acá la Inca Kola vendió más que la Coca Cola; y ¿qué hicieron los hijos de puta? Billetes pues. Se compraron la Inca Kola. Nos cagaron. O sea, nos cagaron en el, digamos, en lo que menos importa, chato, porque el símbolo ahí está. ¡Qué chucha que la plata la manejen los gringos! Lo que en verdad significa la Inca Kola es mucho más poderoso. Bueno, la cuestión es que intentaron venderla a otros países pero nica, chato. Nadie se acostumbró. Dice que dijeron que sabía a chicle y tenía color de pichi, puta, unos huevones son. Y así pues, hicieron un montón de estudios pa saber qué pasaba, y dicen que hay una relación así, con el combo. Pero bueno, bueno, la Inca Kola es la voz. ¿Te das cuenta?
—Es única.
—¡Eso, chato! Es única. O sea, no se cómo decir, pero me refiero al sentido así… más superior, más, que te digo, puta máximo, más puro. Única.
Caminaron. La congestión de la avenida empeoraba. Autos de todas clases gruñían muy juntos. Al lado izquierdo de los muchachos se desplegó un crepúsculo luminoso aparte: el Qorikancha. Jonathan se fijó, como de costumbre, en los muros Inkas que soportaban al gran templo cristiano. Una mujer mayor detuvo su trayectoria, por un momento Abelardo pensó que le pediría un autógrafo.
—Joven, ¿es usted cristiano?
—Eh… ¿sí? —respondió Abelardo.
—Entonces, podrá usted cumplir su misión —la mujer le entregó un sobre—, hasta luego. Que Dios le bendiga.
El sobre contenía una estampa del Corazón de Jesús, de alguna manera habían pegado una moneda de diez céntimos en el envés. Abelardo leyó en silencio, su rostro se coloreó.
—Puta madre.
—¿Qué? ¿Qué es eso? —dijo Jonathan que no había prestado demasiada atención en la señora.
—Chato, ¿eres cristiano?
—No.
—A ya, entonces, agarra, tú la puedes botar —Abelardo le extendió el sobre, Jonathan no lo tomaba.
—¿Qué es eso?
—Dice que si no mando a hacer quinientas estampitas como éstas, pegándoles diez céntimos a cada una, para repartirlas, los poderes del Sagrado Corazón de Jesús van a hacer que me caigan las peores desgracias del mundo, hay ejemplos, chato. De no sé qué presidentes que rompieron la cadena y se les murieron las familias y se fueron a la mierda, chato.
—Para qué aceptas —Jonathan no tomó el sobre.
—Pero, chato. Tú no eres cristiano.
—Igual.
—¿Cómo que igual?
—No sé.
—Entonces, ¿qué eres? —preguntó Abelardo.
—Es difícil de explicártelo.
Caminaron un momento más, en silencio. Abelardo guardo el sobre en el fondo de su chuspa, con la intensión de olvidarla por siempre.
—Chato, no sé. Pucha, me has hecho pensar, puta que no sé. Mira, tú sabes, yo no me hago paltas con lo de Dios, el Dios cristiano ni en nada de esas huevadas, pese a que haya estudiado en un colegio católico y todo. Bueno, yo estaba tranquilo pensando en que bastaba con no joder a nadie y si es posible ayudar a que las cosas estén en orden, con justicia, qué se yo. O sea creía en una fuerza superior, una energía, ¿ya? Bueno la cuestión que cuando me fui a Paucartambo, yo tenía que irme todo chévere con mi pata a la aventura, a chupar así ¿no? hasta las últimas consecuencias. Bueno, yo no iba a ir chato, porque mi pata se fue un día antes con su flaca y yo no había conseguido un puto eslipin ¿ya? La cuestión es que yo tenía planeado salir de mi casa a las dos. A la una y cuarenta, yo decía: ya pe, qué piensas, no vas a jalar. Y se aparece mi vecina Adriana y me pregunta sobre Paucartambo y cuando le digo que no había conseguido eslipin me jala a su casa y me presta uno. Yo dije: la mierda, una señal de la Mamacha del Carmen, me largo. Y me largué pues. La cuestión es que estaba recontra misio. Misio, misio, es decir, no quería llevar plata pues, para la aventura, para vivir con la gente pues, para practicar mi quechua. Y bueno llegué a Paucartambo, primera vez, ah, asustado, palteadazo porque no conocía pues, di vueltas y vueltas y nada, un huevo de gente pero no encontraba a mi pata. Cuando comenzó a oscurecer, chato, qué miedo. Me asusté. Comencé a caminar apurado y no sé cómo mierda llego al templo, entro y me persigno todo y le pido a la virgen que encuentre a mi pata. Salgo chato y adivina…
—Encuentras a tu amigo.
—¡Sí! ¡Sí! Lo encuentro, así de la nada. Bueno la cuestión que dije, otra señal. En la noche comimos en un cargo, salimos a chupar y full huevadas. La cuestión es que al día siguiente era la procesión principal, chato. La virgen sale de la iglesia y las danzas la siguen de espaldas por el pueblo y revientan dinamitas en los cerros, re bacán todo ¿ya? A los techos se suben los Saqras que son la cagada, así vestidos con sus garras y todo, comienzan a moverse raro, se tapan la cara para no ver a la virgen y a la vez dice que la tientan para que peque. Bueno mi pata me dice que quiere cargarla, en ese rato la cargaban pura flaca, y nos metemos a la gente que seguía la procesión, o sea, cualquiera puede cargarla, claro, si llegas primero ¿manyas? En el último tramo se detienen, y ya pues piden patas para que carguen y mi amigo se mete y la comienza a cargar. Puta yo sigo pues caminando con la gente y me caen flores y pica-pica y justo en la última callecita, la que da al templo, la miro a la virgen, miro su cara, chato; y casi me pongo a moquear. Así de la nada y puta ahí me pongo a pensar: Abelardo de mierda, ¿en qué crees? O sea, todo pues por las señales y todo. Y me entró un no sé qué, chato. Ayúdame.
El viento había desprendido gotas de la fuente coronada con el sol de Echenique al frente de los hoteles que por allí desafiaban con su tamaño. El rocío de la Paqcha era agradable. Abelardo se acomodó el chullo.
Caminaron en silencio.
—Mira, yo creo que al mundo lo mueve la naturaleza, como unión del tiempo y el espacio. Creo que todo se renueva y cualquier fenómeno, cualquiera, hasta el más chiquito o superfluo tiene una misión dentro del gran conjunto de cosas ¿entiendes? Todo produce algo. La naturaleza siempre tiene la razón. Ahora, acerca de tu emoción al ver a la virgen; creo que tiene que ver de hecho con nuestra educación, nuestros colegios y todo. Mira, a ver, cómo te explico, hace tiempo que se ha matado a Dios, es decir, se prescinde de la religión para llegar a una verdad, digamos, científica, total, una cosa así ¿ya? —Jonathan resumía sus conclusiones subestimando a su amigo, Abelardo quiso saber a qué asesinos se refería, continuó escuchando—. Bueno, por mi parte pese a haber leído, creo, lo suficiente como para tener criterios teóricos y dejar de creer o dejar de sentir, es imposible. La culpabilidad de mi cuerpo es persistente todavía y eso me impide a veces reflexionar con claridad las cosas. Mala idea la de los dogmas, creo. ¿A qué aferrarse? ¿En qué creer?
—¿Qué es dogma, chato?
—Una cosa que no puedes explicar y en la que tienes que creer sola y exclusivamente por fe.
—Ah, sí pues. Bueno, bueno. ¿En qué creer?
Cuando Abelardo apoyó la punta de su pie, en la primera grada, al voltear la esquina de la estación de trenes, la enorme puerta metálica se abrió explosiva con una serie de detonaciones metálicas imposibles de oír por su fuerza. Un hombre cayó a los brazos de Abelardo, la puerta había cortado su pie en la última grada pero no se desprendía por completo. Un pedazo de tren había perdido el control. Los adultos gritaban corriendo por todos lados. Policías brotados del vacío accionaban sus silbatos agudos como queriendo detener el vagón que escapaba furioso. Abelardo abrazó al hombre que entre gemidos lloraba. El vagón se alejó rugiendo, rechinando y el espanto, general. Un taxista joven detuvo su auto lo más cerca posible al hombre, muchachos fuertes del centro comercial aledaño empujaban la puerta para liberarlo. Las señoras gritaban todavía escabulléndose por todas partes y los otros adultos se complacían con mirar. Abelardo quiso recriminarles. Jonathan contribuyó a empujar la puerta que doblaba su tamaño en altura. Cuando al fin lograron moverla vieron cómo el pie del hombre bailaba solo en litros de sangre, unos ligamentos se resistían a dejarlo ir por completo. Un muchacho levantó al hombre con ayuda de Abelardo para llevarlo hasta el taxi, dos policías subieron también al auto.
—Déjalo nomás —le dijo el muchacho a Abelardo—, yo me encargo del señor.
Se fueron.
Poco a poco las cosas tomaron su rumbo. El vagón se había detenido no muy lejos.
Recién al llegar a la avenida Infancia se atrevieron a hablar.
—Quién habrá sido el conchasumadre que se ha equivocado. ¿Qué pasaba si esa mierda se iba hasta abajo? Qué mierda pasaba si moría gente, ese señor no va a tener su pie de nuevo, oe. La puta madre —Abelardo temblaba.
—Nada. De repente y esa persona no tuvo la culpa.
Ya era de noche.

