Antes que las primeras veces se terminen. Vol. 9
Febrero 7, 2010 Novela
Para detener el tiempo
Jorge Vargas
jorge@elcaminerito.com
Todosedeslizalentamenteviajarviajarenelsilenciodelanochequeduerme—————————————————} = Arequipa
Cielo naranja. Desierto, periferia.
El Misti era un gigantesco diseño del sol intensamente anaranjado. Fabiola abrió sus ojitos y se adivinó despeinada. El Misti ¿El Misti? Es grandazazazazo. Arequipa ¡Arequipa! Arequipa amanece anaranjada y el Cusco, azul. En el bus todos comenzaban a despertar. Jonathan dormía con la boca abierta, Fabiola percibió su aliento desagradable.
—Jonathan, ¡despierta! Ya llegamos ¡Mira el Misti! ¡Qué grande había sido!
Despertó atontado, risible.
—Buenos días.
Fabiola se apuró en despertar a Abelardo. Volteó.
—Abelardo ¡Ya llegamos!
Abelardo conversaba bastante complacido con la extranjera. Parecía nunca haber viajado. El cabello, el rostro, la ropa: todo prolijo.
—¡A la hora que despiertas! Péinate, oye, insolente.
La extranjera soltó una carcajada. Fabiola regresó el rostro ocultando el rubor, miró por la ventana. ¡Ayyyyyy! Gringa de miércoles.
—¡Qué gracioso! Hace ratito todo era desierto. Ahora hay pura chacra, construcción, chacra, construcción, chacra. Mira ¡mira! Qué grandotota se ve Arequipa. Mira ¡se ve hasta el fondo! ¿Ves, Jonathan? ¿Ves?
—Sí, ¿no? Había sido bien grande Arequipa.
—Mira, mira, Jonathan. ¿Ves? ¿Ves esos edificios recontra altos, rojos?
—Sí. Edificios.
—¡Qué alegría! Arequipa es una gran ciudad… de repente es tan grande por que los arequipeños hacen casa y luego chacra, casa y luego chacra. ¡Uy!
Un by-pass les agujereó el estómago. Era la primera vez que Fabiola cruzaba un by-pass. ¡Qué bacán ese túnel! Arequipa, Lima parece. El Parque Industrial se mostraba adinerado, conciencia de gran ciudad.
Fabiola se percató, desde el segundo piso del bus, de una familia de campesinos que intentaba cruzar la avenida.
—¡Asu! Mira Jonathan, ¡Mira! ¡Qué linda esa chiquita! ¡Podría ser modelo! —claro, podría ser modelo si alguien famosísimo llega y la ve, qué linda esta chiquita. Yo la sigo y le hago un casting. Fabiola, Fabiola, esa chiquita debe venir de un pueblo re alejado, sus viejos seguro han venido porque se mueren de hambre. ¿Y si no es por hambre?, ¿si es sólo ganas de sobresalir? Es su derecho ¿no, miércoles? Hablas como monga. Y tus cuadros ¿de que se tratan tus cuadros pues?
Su muestra había ganado el premio del Banco de la Nación. Exhibirían sus pinturas en Lima, y luego en exposiciones grupales con otros artistas latinoamericanos en Bogotá y en Buenos Aires de donde se haría una nueva selección para ver quiénes expondrían en Europa y ganarían una beca. Esta era su segunda colección de pinturas. Todo comenzó con un incidente en el palacio de justicia del Cusco mientras esperaba regularizar una situación de su pasaporte para su viaje de promoción a Chile.
El compartimiento donde esperaba lucía lejano de la luz. Se respiraba algún tipo de pasta húmeda. Las personas guardaban un silencio efervescente.
De pronto: gritos lacerantes de mujer, seguidos de un tropel de pasos atronadores. “¡Denme solución! Por favor señores ¡Solución!” reclamaba una voz campesina. Fabiola se levantó asustada; el compacto de personas se había detenido a unos metros de ella. Tres policías arrastraban a una mujer fuerte. El bebé que tenía en las espaldas lloraba furioso intentando proteger a la mujer con gritos que parecían destrozarle la garganta. Otros dos niños descalzos estaban prendidos con firmeza de las polleras. “¡Justicia! ¡Justicia! ¡Justicia para los pobres!” La gente protestaba iracunda en contra de los efectivos. La mujer aprovechó la inseguridad de los policías ante la censura para tomar un atado de su q’eperina. “¡Señores! ¡Señores! Una mujer pobre soy…” Gritó mientras sacaba unos choclos enormes y secos. “¡A mi marido lo han matado! ¡Como a perro lo han matado! ¡Acá en la ciudad! ¡En Cusco unos malditos lo han matado!” Comenzó a desgranar con fiereza. “Toda la plata lo había traído para hacer futuro, eso le han robado… ¡Sin nada nos hemos quedado!” El chasquido de sus dedos parecían truenos ensordecedores. “Me han dicho que acá venga a reclamar al Palacio de Justicia ¡Mentira! ¡No me dan solución! ¡Qué cosa será justicia!” Esos truenos que lo sorprenden a uno y lo asustan hasta las entrañas. “¡Nada tengo! ¡Pobre soy! Mis hijitos… ¡hambre tienen! ¡Frío tenemos!”. Arrancó los granos con los dientes, mostrándolos violenta, escupió al suelo, liberando su boca… “Mírenme, señores ¡ustedes que plata tienen!”. Ahora las lágrimas le cocinaban las mejillas que parecían sangrar. Sus palabras sin embargo continuaban rígidas como se pone el cuerpo al morir. “¡Mírenme! ¡Gente!” Y comenzó a lanzar los granos de maíz a todos “¡No tengo más que mi maíz! ¡De nada me sirve ya mi maíz! ¡Mi maíz ni siquiera me compran los gringos! ¡Mi maíz acá de nada sirve!” La gente sentía como picotazos cada grano de maíz que le caía en la cara. Entonces nadie se movió y la mujer llorando comenzó a irse en silencio.
Pobre mujercita. Así fue. Cómo se me agita el pecho, cómo me dan ganas de llorar. Cómo quisiera ir y reventar el Palacio de Justicia, cómo gritarle a los oídos a las gentes para que abran los ojos. Pero, si justamente de eso se trata. Yo quiero mostrarle al mundo aquello. Busco precisión en mis pinceles.
La estética de sus cuadros era una mezcla talentosa y técnica entre la línea agresiva-nerviosa de Egon Schiele y las proporciones anatómicas del crudo expresionismo andino en las cerámicas de Mérida. Eran mujeres campesinas desollándose para cubrir las necesidades de sus hijos desnudos. La piel estirada de las mujeres, de tan bien hecha la textura, parecía crujir.
Sin comprender. ¡Qué pena caracho! La conciencia Fabiolita, puedes hacerlo. ¡Levanta conciencia, pues!… Nooooooo ¡Dios mío! Nooooooo… sueno a… Nooooooooo. Ja, ja, ja. ¡Qué me pasa caracho! No pues. Mejor no pensar. Abelardo. Este estúpido. Hermoso chiquillo. ¡Ay! Qué feo suena.
Fabiola tenía una no-constancia inmediata absoluta. Divagó un rato más.

