Texto 79

 

Cuento

Serpertinaqepe Interminable
Jonatan Alzamora

jonatan@elcaminerito.com

La fiebre aumentó. – ¡Apalli, Apalli Ahqoq! – Creí escuchar que Martin me llamaba. Una es blanca, la otra es verde. Un eco en la pampa se extendía  – ¡Apalli! – con voz de mujer ahora. El hambre era un veneno refrescante en la garganta de la muerte.

Me detuve y alcancé a ver con esfuerzo la silueta de un hombre que retrocedía entre la niebla, como si usara su densidad para esconderse. Mi respiración se hacía paulatinamente más fuerte y mi corazón latía cada vez más rápido. Preferí permanecer escéptico ante la deriva que de a pocos me asfixiaba, un espacio sin noción de límites. Sentí mi estado empeorar.  Caminé hacia la silueta con la esperanza de acabar con esto, a estas alturas la muerte natural era igual que el asesinato.

La silueta no era más que una inmensa roca púrpura en medio de la puna que se perdió en la niebla nuevamente. Usé el sudor de mis yemas para humedecer mis labios.

La infección se extendía por toda la pierna y mi boca era una masa seca. Alcancé a dar algunos pasos más y caí de rostro a la tierra. Pude ver el suelo, era de algún tipo de pasto enano de color negro. Voces en los pasillos, tal vez en los recodos de mi mente o en las alcantarillas, alguien mascullaba como calambres en mis recuerdos- Detrás de las puertas de la catedral al costado derecho hay… espera… guarda silencio, ¡corre! – Sus labios parecen decir… ¿las campanas? -No había manera, ¿Quién está allí?-

Eran imposibles de determinar el día y la noche.  La niebla se desplazaba lenta, como millones de almas que peregrinan a algún lugar santo. Frente a mí, la silueta de un pisonay inmensísimo y majestuoso. Mi visión imprecisa, se fue por completo.

Alcé la cabeza, mi cabello húmedo se batía ante mis ojos. Sorbía las gotas que bajaban lentas y veloces por mi rostro. El frio, mi piel de gallina y un pequeño temblor de muslos. El sol se despedía trágicamente, casi rojo, naranja, granate. Plash, la brisa sacrificaba las gotas que huían despavoridas por mi espalda. El vapor se diluía y mi espíritu… Desperté tendido y mojado.

La pampa inundada guardaba en el aire un olor putrefacto. Traté de levantarme y sentí mis pulmones llenos de agua. Un ambiente sórdido, cadáveres apoyados alrededor de un gran árbol. Todos guardaban algo en común, eran indígenas, como si alguien lo hubiera dispuesto. Otra vez una silueta. Pero esta tomaba forma con mayor coherencia. A medida que se acercaba me di cuenta que la niebla del lugar era en realidad el vaho de su cuerpo. Un anciano gigante que se acercaba desnudo, muy lento y pesado. Su barba y cabello blanquísimos resaltaban sobre su piel negra. Sus ojos como el cielo estrellado me alumbraban y era difícil ver su rostro. Me devoró.

Imagen de acá.

El Universo de las Porquerías

 

Cuento

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Jonatan Alzamora
jonatan@elcaminerito.com

Los peores días que uno recuerda son fríos, nublados, particularmente acrónicos. Eso dicen.

I. Al pasar, las luces de los autos hacían brillar la pista de LimacPampa. Llovía. En realidad no era lluvia, pero salpicaba un poco. Toda roja. Se abrió de un tajo esa pulpa que está en medio pecho y vomité el corazón. Me sentía la mosca estoicista, homenaje a la porquería, la maestra naturaleza, una pinche lechuga de basural.

Reflejado en la desagradable expresión de la mierda, la misma que los taxistas tienen cuando se paran delante de uno con su mirada coprolálica. Para infectarme, llegó uno de estos, pero al descubrirse en mis ojos puso primera y huyó buscándose(me) en el retrovisor. Mientras, me desangraba por la pulpa sin remedio. Eran días bastante malos. Nada en especial, jugando timba sobre mi destino, tomando rumbos catastróficos día a día sin razón aparente, algunas a decisión propia pero; cada posibilidad de normalidad era de abrupto cercenada con una ironía que llegaba a galope y luego de haberme pisoteado me escupía, ¿increíble? La cereza, era el derecho a un trabajo detestable.

Sentado en el paradero era el foco infeccioso de la mirada de los lechuceros, que empezaban a mostrarse tímidamente. Por la vereda del frente, pasaba mi jefe con su mujer y sus dos hijos, seguramente recogían al jefe trabajador después de un día de haber desgastado su voz en los oídos de los empleados, como un lápiz de baba y bilis en un sacapuntas arriñonado. De herirte, este animal lo hacía con la peor brutalidad del caso. Levanté la mano para saludarlos. Por sobre un charco pasó veloz un auto que en la parte trasera tenía pegado un sticker que decía PUCP, quede empapado, evaporando con mi asco el agua de letrina de la pista. Me quité el saco con rabia, tratando de romperlo y quitármelo al mismo tiempo. Al sacudirlo lancé mi celular directo a la llanta de la Liebre. La familia se alejaba a carcajadas, ¡qué imbécil!.

Volví a sentarme y me tapé el rostro con las manos. La lluvia atenuó, el húmedo silencio me acurrucaba y lloré hasta quedarme dormido.

La vi alejarse con tristeza, parecía que todo ahora iba a estar bien, al menos para mí. El reflejo del sol en la pista no me dejaba ver con claridad. Su figura se alejaba y sus cabellos desgreñados se agitaban con ese aire melancólico que tiene la avenida de la Cultura a toda hora. Como cuando una pieza de Wolfgang termina, como cuando una torta se cae. Lanzó una mirada amarga al voltear. Tomé la primera combi que vino. Maruri, Almagro, etc…

Desperté sobresaltado, aún seguía lloviendo y mi celular se esparcía en el concreto cual paloma. Debí suponerlo nunca llegaría. Me apoyé en la pared nuevamente. Entonces fue cuando descubrí su mensaje.

 –Mañana a las 4, ven solo.

Detrás del letrero del paradero por la parte pegada a la pared, estaba escrito Mañana a las 4… A las 4… ven solo… obviamente era una mujer por el tipo de letra. Pues, citaba a alguien mañana a esa hora. Pero quien se comunica por mensajes en el paradero, debía ser una chiquilla seguramente. Obviamente escondía algo a alguien. Miré a todos lados, no había nadie, salvo la chica de la propaganda que me sonreía. Volví a leer el mensaje ¿Algún tipo de mensaje dejado en el tiempo al azar, donde al receptor le espera un misterio que concluye con su propia muerte? ¡Já! Escribí debajo de la frase - mañana no puedo, el domingo a las 4, ven sola.-. El mensaje iba dirigido a alguien muy cercano por eso no tenía remitente pensé y decidí dejarlo así. Me alejé pensativo.

La semana siguiente fue perfecta, un niño me orinó el zapato. Pero la idea ilusa de sentirme tocado por un mensaje mágico me hacía sentir estúpido, del cual, por supuesto me había burlado.

Así llego el domingo, era obvio que el mensaje no podía ser divino. Decidí no ir. El lunes por la madrugada recibí una extraña llamada.

-¿Es usted Luis Salas?

-¿Sí?… ¿quién habla? – La voz me era familiar.

- Tenemos el agrado de informarle que tiene hasta el 30 de diciembre para pagar la cuenta de teléfono, en caso contrario su línea será cortada definitivamente. Gracias. Ya que el domingo no asistió al encuentro se quedó en asamblea que será despedido como advertencia. Gracias.

Aún estaba semi-dormido - ¡¿Cómo?! Cortaron enseguida.

Llegué a la oficina y ahí estaba el imbécil.

- Lucho tu sabes que siempre fuiste una pieza clave aquí en la empresa, pero… por efectos de la crisis, necesitamos, ¿cómo te digo?, recortar personal y decidimos empezar contigo. Lo lamento. Luego susurró. Traté de hacer todo lo posible pero son órdenes “superiores”. Dijo señalando al techo y luego hundió el meñique en la fosa izquierda como buscando su cerebro.

Salí a fumar un cigarrillo en la carreta. No era posible, esto no podía estar pasando. ¿En asamblea? ¿Órdenes Superiores? ¿De qué diablos estaba hablando? La agencia para la que yo trabajaba era pequeña, 30 empleados como mucho.

- Buenos días joven.

- Buenos señito. Deme un hamilton.

Cuando miré a la señora para pagarle, gritó – ¡Es él! ¡Es él! – y me miraba como si se tratara de un asesino o algo peor un cura fugitivo, de cierta manera era lógico, llevaba por varios días la expresión de la mierda. Un tico se detuvo de golpe y bajaron dos tipos armados y antes de que pudiera reaccionar la vieja me dio un golpe en la nuca, lo último que recuerdo son sus dientes careados y su voz de monalisa que en la inconsciencia zumbaba en mi cabeza.

- Nunca se le rompe el corazón a una dama, ¡A una dama nunca! – gritaba, mientras me desvanecía.

Vuelo

 

Cuento

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Jonatan Alzamora

jonatan@elcaminerito.com

Existe una mañana en la vida, esa mañana cuando tienes 18 años y una imagen nublosa de alguien desnudo al lado, tal vez no recuerdas como llegaste ahí, en tu cabeza se confunden, entremezclan, superponen: los recuerdos, palabras, besos, bebidas, danzas, rezos, santos, peleas (en el puente) del día anterior. Vuelves a la imagen todavía nublosa de la persona a tu costado no sabes si es varón o mujer y analizas su cuerpo, sientes su calor y sientes su aroma incorporado al tuyo. Y por fin puedes recordar una parte de lo que pasó, la resaca insoportable cuando te pones de pie. Es hora de almorzar. Los días han pasado como si fueran uno solo y a máxima velocidad, tal vez eso te suministró la adrenalina, te pones a pensar cuando subes al bus de regreso, aquel bus que te traerá a la realidad y te apartará para siempre del lado de esa persona que no sabes quien es pero que no olvidarás y que esperas en encontrar otra vez algún día en la orilla de tu cama como en aquel atardecer.

Te asomas a la ventana de aquella casona vieja y el balcón de madera quejándose con el pasar del viento, el río apacible, el sol tangente a las cosas, te quedas quieto para ver si te calientas pero el viento es frío, mantienes las pupilas al sol no sabes por qué te encanta hacer eso recibir la entereza del sol en los ojos, no piensas nada quieres que todo se mantenga, luego das la vuelta y ves sus cabellos circular en la risa del viento, notas que bellos son sus oídos pero no dices nada, al acariciar una piedra le dices: “adiós”.

Fotografía de J.C. Rojas, tomada de su Flickr.

Terra

 

Cuento

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Jonatan Alzamora

jonatan@elcaminerito.com

Mi grasiento cabello, compacto y mal oliente, mi frente color chocolate, sudor con tierra, mis uñas negras y mi rostro acribillado de acné era el mejor ejemplo de lo que ocurría.

El calor y el olor eran insoportables en las calles. Todo tan rápido como siempre y como siempre todo sin sentido, el final se veía muy cerca pero que se podía hacer más que seguir como si nada pasara, al menos eso intentaba.

Un altavoz sobre la catedral indicaba los lugares donde la gente debía hacinar a sus muertos, día a día la gente moría por alguna pandemia o simplemente por tristeza. ¿Es posible ducharse sin agua? -Esta es su oportunidad. No se deje engañar ¡su familia y usted sentirán como si se hubieran dado un baño!- llegué al lugar de embarque y me esperaba un largo viaje en bus. Tenía la mirada perdida y una sonrisa. En aquel momento me sentía como el suicida que espera que en el trayecto al puente donde va saltar, alguien le dispare o lo atropellen aunque sea por accidente, para no tener que rendirle cuentas a nadie. El olor se sentía a metros y el bus se acercaba pesadamente. El agua en la ciudad se había agotado hace mucho y nadie, absolutamente nadie podía dejar de pensar en ello. Lo que quedaba debía racionalizarse para el consumo, nueva política global, estaba pronosticado que en el mundo se terminaría en 20 años. El bus se detuvo frente a mí y no pude hacer otra cosa que concentrarme en la ridícula propaganda de lotización en las lunas de Marte Fobos, Deimos y las artificiales.

Me pareció bueno, al fin y al cabo me había entretenido, un poco. Seguramente el autor tuvo que experimentar todas aquellas cosas, claro que no es necesario que escasee agua en el mundo para encontrar un bus en tales condiciones, especialmente aquí en Cusco. Deje aquel cuaderno donde lo había encontrado, en el piso del baño de la universidad, complementando el magnifico trabajo que los pseudografiteros por generaciones han realizado en las paredes, techos y pisos, dejando como legado un diccionario ilustrado de insultos.

Esa tarde salí del edificio sin rumbo, no tenia ánimo. Estaba solo, en una ciudad desconocida y llena de extraños. A lo lejos, aun se podía ver ese planeta amarillento… Terra.

Dibujo gracias a Elffz.

 

Cuento

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Jonatan Alzamora

jonatan@elcaminerito.com

Aquella mañana solo escuché que él dormía, ayer tomó mucho, pero no es mi problema. Ella da paseos por el corredor y el jardín, incapaz de sentirse útil pues la vida se le va alejando ruidosamente. Y sus huesos dan el ritmo.

A dónde más podía llegar después de que mamá decidiera seguir sus ideas revolucionarias a sus 55 años.

La casa de mis abuelos es acogedora y siempre hay un cuarto para alguien como yo, refugiada de mi inentendible familia.

Aquella mañana. La vida, los pájaros, las plantas y ella tenían muchas ideas. La vi sentada debajo de aquel viejo árbol de durazno, observaba gorriones y pájaros locales que utilizaban el jardín como reunión social de vecindario. Muy preocupada ella y con el ceño fruncido se paró y volvió después de unos 15 minutos con un cesto regularmente lleno de granos de maíz.

Solo observé.

Luego como en alguna especie de danza esparció aquellos granos en diferentes sectores del jardín, dejó la cesta y volvió a sentarse callada, serena. Pasaba la mano por su corta y plateada cabellera de rato en rato. Y aquellas aves como era de suponerse continuaron su reunión con bocaditos gratis pagados por mi abuela. Mi balcón daba una visión completa de la escena, pero el sol ya empezaba a ser cruel conmigo. Cuando creía que no iba a pasar nada vi al primero. Era un gorrión que al parecer había muerto de indigestión, después vino el segundo y note unos movimientos extraños en aquellas aves parecían danzar en su propio eje.

Vi aquella sonrisa dibujada en la mirada de mi abuela. Aquella que yo hacia cuando lanzaba granos de arroz a mi hermano sin que él se diera cuenta. ¿Pero qué estaba pasando? ¿Qué rayos? ¿Por qué esa sonrisa? ¿Por qué se tumbaban aquellos pájaros?

Ya íbamos por el noveno gorrión, algunos otros se habían retirado a morir a otro jardín. Bajé como una sombra y me senté a su lado. Ese brillo en su rostro, qué travesura tan vil. La observé con la mano en la boca tratando de esconder mi irónica sonrisa y ella susurró palabras que nunca olvidaré.

Tapé mi boca con las manos, asombrada, y no paré de reír mientras ella los iba recogiendo de sus pequeñas patitas ya frías. Yo disfrutaba con ella. Mientras preparaba aquél caldo, que por cierto era estupendo. Me contó el secreto de todo esto, aquella desaparición momentánea, granos mezclados con cañazo.

No dejaba de sorprenderme. Una cosa es cierta, con el perdón de la palabra, pero  la pendejada de mi abuela es digna de culto.

Al parecer no era la primera vez que lo hacía, pues ella cuenta que de joven no hacía más que jugar con sus hermanos y aprender sus peculiares formas de actuar convirtiéndose en uno de ellos.

Ella entendía la vida como yo la empiezo a entender. Todo llegaba a su fin. Y el abuelo despertaba al cierre del telón, con resaca y con un aspecto que demostraba un hambre insaciable. Al verme me dio fuertes abrazos y caricias en la cabeza. Se acercó a mi abuela la cogió del hombro la miró, miró también las ollas y le dijo algo al oído. Le besó la frente, le sonrió y se sentó en la mesa.

Deseé muy dentro de mí una escena tan o igual de parecida a  aquella, una que me recordara que no me equivoqué que aún sigo amando como la primera y la última vez. Mientras sentía el olor de aquellos gorriones cocinarse parejamente en la olla.

Finalmente en la mesa y saboreando hasta el más pequeño hueso y eso era muy difícil de distinguir en aves tan pequeñas. Cuando ya no había gorrión en nuestros platos el abuelo sonrió de satisfecho cogió la mano de mi abuela y le pidió que trajera el cañazo que había en la sala, ayer lo dejó ahí. Mi abuela me miró fijamente con la cuchara cerca de sus labios. Demonios mi abuela embriagó a los gorriones, con el mejor cañazo de mi abuelo.

Le dije con voz baja -Ya no necesitas matar a los gorriones. Tu cañazo ya lo hizo. La abuela finalmente  introdujo la cuchara en su boca y sonrió.

Dibujo: Nico Marreros

 
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