Iniciativa Bagua

 

Campaña

Esta es una iniciativa de jóvenes peruanos que todavía sentimos abierta la herida dejada hace un año, en Bagua. Tenemos la necesidad de demostrar que estamos comenzando a no olvidar tan fácil, que estamos dispuestos a no permitir que la historia se repita una y otra y otra vez.

Los invitamos a todos a informarse, a escuchar la mayor cantidad de voces con respeto y tolerancia y a ayudar a que más personas recuerden: difunde este mensaje a través de redes sociales, blogs o reenviando un mail a tus contactos.

No permitamos que la sangre salga del papel, pero hagamos todo lo posible para que nuestra opinión sí lo haga.

Diseño: Alfredo Velarde. Concepto: César Venero, Alfredo Velarde, Jorge Vargas.

Antes que las primeras veces se terminen. Vol. 10

 

Novela

Para detener el tiempo
Jorge Vargas
jorge@elcaminerito.com

—Señores, el hotel Anglais.

El taxista, un hombre de ojos verdes, gordo y colorado; les abrió la maletera del auto. Habían esperado en el terrapuerto, mientras tomaban desayuno, un par de horas como método de seguridad. El hotel Anglais se ubicaba en la moderna avenida Ejército.

—Definitivamente Arequipa parece Lima, una Lima chiquita —dijo Fabiola quien había quedado despeinada después de sacarse la casaca que traía— Miren, miren… un montón de edificios más allacito, después vamos a ver ¿ya?

—Ayayayay Fabiolita, como si nunca hubieras visto edificios —dijo Abelardo mientras le pagaba al taxista.

¡Noooooooo! ¿Qué tiene este imbécil? ¿Por qué me estará atacando? ¿Qué he hecho? ¿Qué le he hecho? Aaaaaaaaaay… lloro, lloro. El estúpido se alucina. Lo odio, lo odio.

—No es eso, tarado, me alegra que haya desarrollo, modernidad en las provincias, sólo es eso. Además no sólo me refiero a los edificios, esta avenida, ¿cómo se llama esta avenida?

—Ejército —respondió Abelardo.

—Sí, Ejército; esta avenida Ejército tiene ese nosequé pituco, esa cosa que lo hace ver todo desarrollado, con dinero; no sé cómo explicarte, ¿entiendes?, es una cualidad… que sólo se puede notar en la mirada… ¡Ay! Se ve pues, no, no se ve, es… así, pituco. Pero obvio, yo no quiero decir que, pucha, eso significa desarrollo o mejor calidad de vida. ¡No me miren así! Aaaay… es que me confundo, me confunden ustedes, ¡no considero que los edificios altos sean símbolo de que la gente, pucha, tiene mejor educación! Sólo que, no sé ¡Me gusta! Eso es todo. Supongo que algo tiene que ver de todas formas. ¡Aaaay!

—Bueno, bueno basta… fenómeno. Ja, ja, ja.

—¿Se apuran?, me muero de sueño; quiero dormir un poco —intervino Jonathan y todos comenzaron pesadamente a entrar—, ¿cómo vamos a hacer?

—Ustedes dos en una doble y yo en una simple.

—Pensé que estaríamos todos juntos —dijo Abelardo ofuscado.

—¡Ay, oye! ¿Qué tienes ah? Desde hace rato me estás tratando mal.

Fabiola hubiera querido seguir gritando pero la recepcionista muy sonriente esfumo la discusión con un acento bastante particular.

—Buenos días, bienvenidos al hotel Anglais.

A Fabiola le hizo gracia el acento. ¡Ay, qué gracioso! Los arequipeños hablan como charapas.

—Desearíamos habitaciones, por favor —dijo Abelardo.

—Ah, sí, sí; a ver déjenme ver un ratito —la señorita llamó por teléfono un par de veces, por su expresión se adivinaba que recibía instrucciones—. Listo, ¿me permiten sus documentos, por favor? —revisó primero el de Jonathan, luego el de Abelardo y al final el de Fabiola; la observó extrañamente. Tarada—. Todo en orden. Bueno, ¿cuántas habitaciones van a querer?

—Queremos dos habitaciones. Una simple y la otra doble.

—A ver déjenme ver… sí, tenemos una doble en el tercer piso y una simple en el primero, ¿está bien?

—Sí —intervino Abelardo.

—Desean con baño privado ¿no?

—Obvio.

Los ojos de Fabiola se estrellaron con los de la recepcionista.

—Señor, por gentileza, llenen estas fichas con sus datos —lo hicieron algo aturdidos, el enojo de Fabiola era inocultable, Abelardo observó las tarifas en un cuadro y deslizó un par de billetes—, por favor lean con cuidado las reglas del hotel. No se permiten visitas de otras personas que no sean huéspedes, no bebidas alcohólicas ni escándalos —enfatizó la última palabra mirando con descaro a Fabiola— y el plazo vence mañana a las doce del día, si deciden quedarse me lo confirman con anticipación por favor. Tienen servicio al cuarto, sólo levantan el teléfono y marcan el uno. Eso es todo, disfruten de su estadía en el hotel Anglais.

Un joven se apresuró en ayudarlos. Comenzaron a avanzar en su compañía.

—Cómo me llega la gente que habla como si fuera una grabadora ­—dijo Fabiola.

Abelardo no aguantó más.

—Mira Fabiolita, no sé qué tengas, pero no las cagues pues; hay que pasarla bonito ¿ya?, no te preocupes, no te molestes; yo no estoy molesto, sólo que, ya pues, tú me entiendes, ¿no?, hablando se entiende la gente.

Herida. O sea. ¿Qué he hecho? No tengo la culpa. Pucha madre. Es un completo imbécil. No puede entenderme ni un poquito. Se fregó este tarado. Ya no me gusta más.

—Okei, okei, me voy a calmar. Pero ¿sabes una cosa, Abelardo? pucha, no tienes la más mínima idea…

—Señorita el cuarto simple es este, aquí está su llave.

Abelardo le agradeció con una sonrisa coqueta al joven. Luego, los dirigió hasta su propia habitación. Por la ventana se apreciaba interesante la avenida Ejército. Jonathan dejó apático sus maletas, Abelardo se emocionó por el cuarto y comenzó a cantar.

—Cantemos, chato, ¡cantemos! “…Britni Espirs no vengas al Perú, que acá ya hay demasiada gringa burra como tú…—Abelardo había comenzado a saltar por la habitación—, mejor anda a comprar a Linconl bulevard, te presto una revista y te pones a cagar, y si lo tuyo es mucho arte y no tienes con que limpiarte, agarra una foto de tu presidente y de paso te lavas el diente negro”, vao chato “¡negro!” qué… ¿no te gusta La Mente?

Jonathan estaba fastidiado.

—No, es que antes te gustaba Libido.

—Oye, Libido me gusta y me gusta mucho, así como me gusta el papá Chacalón, oe. ¡Me gusta todo!

—Ya, quiero dormir un poco. ¿No tienes sueño?

—No, más bien me cago de calor.

Abelardo se deshizo de su polo. Su torso quedaba desnudo, dorado. Sin embargo Jonathan no sentía el más mínimo acaloramiento.

Antes que las primeras veces se terminen. Vol. 9

 

Novela

Para detener el tiempo
Jorge Vargas

jorge@elcaminerito.com

Todosedeslizalentamenteviajarviajarenelsilenciodelanochequeduerme—————————————————} = Arequipa

Cielo naranja. Desierto, periferia.

El Misti era un gigantesco diseño del sol intensamente anaranjado. Fabiola abrió sus ojitos y se adivinó despeinada. El Misti ¿El Misti? Es grandazazazazo. Arequipa ¡Arequipa! Arequipa amanece anaranjada y el Cusco, azul. En el bus todos comenzaban a despertar. Jonathan dormía con la boca abierta, Fabiola percibió su aliento desagradable.

—Jonathan, ¡despierta! Ya llegamos ¡Mira el Misti! ¡Qué grande había sido!

Despertó atontado, risible.

—Buenos días.

Fabiola se apuró en despertar a Abelardo. Volteó.

—Abelardo ¡Ya llegamos!

Abelardo conversaba bastante complacido con la extranjera. Parecía nunca haber viajado. El cabello, el rostro, la ropa: todo prolijo.

—¡A la hora que despiertas! Péinate, oye, insolente.

La extranjera soltó una carcajada. Fabiola regresó el rostro ocultando el rubor, miró por la ventana. ¡Ayyyyyy! Gringa de miércoles.

—¡Qué gracioso! Hace ratito todo era desierto. Ahora hay pura chacra, construcción, chacra, construcción, chacra. Mira ¡mira! Qué grandotota se ve Arequipa. Mira ¡se ve hasta el fondo! ¿Ves, Jonathan? ¿Ves?

—Sí, ¿no? Había sido bien grande Arequipa.

—Mira, mira, Jonathan. ¿Ves? ¿Ves esos edificios recontra altos, rojos?

—Sí. Edificios.

—¡Qué alegría! Arequipa es una gran ciudad… de repente es tan grande por que los arequipeños hacen casa y luego chacra, casa y luego chacra. ¡Uy!

Un by-pass les agujereó el estómago. Era la primera vez que Fabiola cruzaba un by-pass. ¡Qué bacán ese túnel! Arequipa, Lima parece. El Parque Industrial se mostraba adinerado, conciencia de gran ciudad.

Fabiola se percató, desde el segundo piso del bus, de una familia de campesinos que intentaba cruzar la avenida.

—¡Asu! Mira Jonathan, ¡Mira! ¡Qué linda esa chiquita! ¡Podría ser modelo! —claro, podría ser modelo si alguien famosísimo llega y la ve, qué linda esta chiquita. Yo la sigo y le hago un casting. Fabiola, Fabiola, esa chiquita debe venir de un pueblo re alejado, sus viejos seguro han venido porque se mueren de hambre. ¿Y si no es por hambre?, ¿si es sólo ganas de sobresalir? Es su derecho ¿no, miércoles? Hablas como monga. Y tus cuadros ¿de que se tratan tus cuadros pues?

Su muestra había ganado el premio del Banco de la Nación. Exhibirían sus pinturas en Lima, y luego en exposiciones grupales con otros artistas latinoamericanos en Bogotá y en Buenos Aires de donde se haría una nueva selección para ver quiénes expondrían en Europa y ganarían una beca. Esta era su segunda colección de pinturas. Todo comenzó con un incidente en el palacio de justicia del Cusco mientras esperaba regularizar una situación de su pasaporte para su viaje de promoción a Chile.

El compartimiento donde esperaba lucía lejano de la luz. Se respiraba algún tipo de pasta húmeda. Las personas guardaban un silencio efervescente.

De pronto: gritos lacerantes de mujer, seguidos de un tropel de pasos atronadores. “¡Denme solución! Por favor señores ¡Solución!” reclamaba una voz campesina. Fabiola se levantó asustada; el compacto de personas se había detenido a unos metros de ella. Tres policías arrastraban a una mujer fuerte. El bebé que tenía en las espaldas lloraba furioso intentando proteger a la mujer con gritos que parecían destrozarle la garganta. Otros dos niños descalzos estaban prendidos con firmeza de las polleras. “¡Justicia! ¡Justicia! ¡Justicia para los pobres!” La gente protestaba iracunda en contra de los efectivos. La mujer aprovechó la inseguridad de los policías ante la censura para tomar un atado de su q’eperina. “¡Señores! ¡Señores! Una mujer pobre soy…” Gritó mientras sacaba unos choclos enormes y secos.  “¡A mi marido lo han matado! ¡Como a perro lo han matado! ¡Acá en la ciudad! ¡En Cusco unos malditos lo han matado!” Comenzó a desgranar con fiereza. “Toda la plata lo había traído para hacer futuro, eso le han robado… ¡Sin nada nos hemos quedado!” El chasquido de sus dedos parecían truenos ensordecedores. “Me han dicho que acá venga a reclamar al Palacio de Justicia ¡Mentira! ¡No me dan solución! ¡Qué cosa será justicia!”  Esos truenos que lo sorprenden a uno y lo asustan hasta las entrañas. “¡Nada tengo! ¡Pobre soy! Mis hijitos… ¡hambre tienen! ¡Frío tenemos!”. Arrancó los granos con los dientes, mostrándolos violenta, escupió al suelo, liberando su boca… “Mírenme, señores ¡ustedes que plata tienen!”. Ahora las lágrimas le cocinaban las mejillas que parecían sangrar. Sus palabras sin embargo continuaban rígidas como se pone el cuerpo al morir. “¡Mírenme! ¡Gente!” Y comenzó a lanzar los granos de maíz a todos “¡No tengo más que mi maíz! ¡De nada me sirve ya mi maíz! ¡Mi maíz ni siquiera me compran los gringos! ¡Mi maíz acá de nada sirve!” La gente sentía como picotazos cada grano de maíz que le caía en la cara. Entonces nadie se movió y la mujer llorando comenzó a irse en silencio.

Pobre mujercita. Así fue. Cómo se me agita el pecho, cómo me dan ganas de llorar. Cómo quisiera ir y reventar el Palacio de Justicia, cómo gritarle a los oídos a las gentes para que abran los ojos. Pero, si justamente de eso se trata. Yo quiero mostrarle al mundo aquello. Busco precisión en mis pinceles.

La estética de sus cuadros era una mezcla talentosa y técnica entre la línea agresiva-nerviosa de Egon Schiele y las proporciones anatómicas del crudo expresionismo andino en las cerámicas de Mérida. Eran mujeres campesinas desollándose para cubrir las necesidades de sus hijos desnudos. La piel estirada de las mujeres, de tan bien hecha la textura, parecía crujir.

Sin comprender. ¡Qué pena caracho! La conciencia Fabiolita, puedes hacerlo. ¡Levanta conciencia, pues!… Nooooooo ¡Dios mío! Nooooooo… sueno a… Nooooooooo.  Ja, ja, ja. ¡Qué me pasa caracho! No pues. Mejor no pensar. Abelardo. Este estúpido. Hermoso chiquillo. ¡Ay! Qué feo suena.

Fabiola tenía una no-constancia inmediata absoluta. Divagó un rato más.

Antes que las primeras veces se terminen. Vol. 8

 

Novela

Para detener el tiempo
Jorge Vargas
jorge@elcaminerito.com

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3

—Qué hora es ¿ah? —preguntó Fabiola.

—Veinte para las ocho. ¿Qué habrá pasado con el Abelardo?

—Este impuntual de miércoles. Segurito se fue a chupar en la tarde el imbécil. ¡Lo odio! ¡Lo odio! Aaaay, bueno, bueno… Jona, ¿tu má no viene?

Jonathan cubrió su rostro de niebla, los músculos de su cuello se tensaron, intentó calmarse.

—No. Mi má no viene. Tiene que trabajar.

—¡Asu! Tu mami trabaja un montón ¿no?

—Sí, pues.

—Este tarado seguro que se aparece a las ocho justo cuando el carro esté por salir.

El terminal terrestre del Cusco lucía agitadísimo y bullicioso. Algunas personas observaban a Fabiola con entusiasmo. Esas agujas humanas picoteaban despacio el ánimo de Jonathan.

—¡Bú!

Abelardo le hizo cosquillas a Fabiola en la espalda.

—¡Oye, Abelardo! ¡A la hora que llegas!

—Holas, Jonathan; holas, Fabiola. Sorry por la tardanza. Es que mi viejo pes.

—¡Señito, buenas noches!

—Señor, buenas noches —Jonathan se sonrojó. Los músculos de su cuello se tensaron nuevamente.

—¿Cómo están muchachos? Van a disculpar la demora, el tránsito estuvo terrible. ¿Qué tal pues, Fabiolita? ¿Dónde están tus cuadros?

Fabiola se detuvo, miró. El papá de Abelardo, bien sexy es.

—Ya los hemos enviado hace unos días para que los tengan listos.

—Felicitaciones, en serio. Ojalá que del viaje el vago este aprenda algo. Y tú Jonathan…

—Bien.

—Bien.

Los dientes del papá de Abelardo agradables, pero violentos.

Carrito, carrito. Qué lindo el bus. Azulito como a mí me gusta. Arequipa. Arequipa. Arequipa debe ser linda, toda blanca como dicen… y el volcán recontra grandazo. ¡Qué emoción! ¡Qué emoción! Cómo es la vida ¿no? La satisfacción de Fabiola se convirtió por un momento en el recuerdo doloroso de sus padres, sintió que hacía justicia con su victoria. Demostraba su valor ante los muertos. Sin mis viejos me he quedado con el fondo en blanco. O sea los odiaba con todo el corazón, pero se les quiso. ¡Ay! ¿Ves? De eso no se habla, de eso yo no sé. O sea, no me importa. Bueno ahora no, bueno sí, o sea: no y sí. No sé. Me siento mal, culpable de no ponerme triste. Me han dejado vacía y me siento exactamente igual que alguna pintura del Schiele. Hay una, sin color, trazo nomás, con algún sombreado, de una muchachita joven echada, parece, en un sillón, sin pelo en su cosita, apoyando la cabeza en sus manos; sus cabellos largos y alborotados especialmente sobre su hombro izquierdo, en realidad hay más cabellos pero los que están en su hombro me gustan, parece que la abrazaran, que la sostuvieran en el vacío. Su cabecita está levemente quebrada hacia su hombro derecho. Tan triste me parece la pobre, tan solitita abrazándose, toda calatita. Como si tuviera frío y vergüenza de la nada. Está sola, solita. Sin fondo. La única en el blanco. Yo me siento así, como si me hubiera dibujado en fondo blanco, en fondo vacío. Este Egon de miércoles ¿tan solito se sentía? Y… ¿yo no me siento así de solita? Me siento sola, pero no me siento sola. Es decir. ¡Bah! Yo no puedo pintar personas, en especial personas sin fondo. Me da pánico. Aunque hubiera querido ser.

—Puta madre, puro gringo oye —Abelardo estaba junto a Fabiola. A Jonathan le había tocado estar solo, atrás—, Fabiola, ¿conoces Arequipa? Mi primo vive ahí, Arequipa es de la puta madre.

—¿Qué?

—Carajo, despierta, te digo si conoces Arequipa.

—Ah, no, no, pero debe ser linda.

—Linda eres tú ja, ja, ja —Fabiola sonrió confiada—. Ni cagando, estoy jodiendo no más, ah.

Un suspiro doloroso. Fabiola nunca supo si Abelardo bromeaba. ¡Aaaaaaay! Por sonseras me pongo triste. Soy fea, caracho. ¡No! No soy fea, es este estúpido que no ve. ¡Claro! Como es modelito, se las cree todas. Tarado.

El bus tomaba conciencia e iba más rápido. Terminaron la merienda y recibieron unas colchas azules. Aún no hacía frío.

—Calor de mierda.

—Levanta tu manito y acciona el aire acondicionado, burro.

—¡Ah! Claro, ¿no?

El brazo desnudo de Abelardo era ideal. Qué bonito que es este mongo. ¡Aaaaaaaaay! Fabiola, no las friegues por sonseras. Abelardo puede ser muy bonito pero no pinta, no sabe de puntos de tensión, ni de fundidos, ni de paletas, ni siquiera sabe quién es Andy Warhol, ¿a ver pregúntale?… él sólo camina, posa y baila bonito. Yo bailo bonito también.

—¡Buena! Me cagaba de calor —Abelardo cerró los ojos, sus pestañas eran infinitas y doradas, como él—. Oye ¿el chato? El chato está solito. Pobre el chato.

Jonathan estaba incomodísimo, tenía al costado una extranjera preciosa que intentaba conversar con él. Abelardo dio la vuelta.

—Oye, chato, ¿todo bien?

Rígido. Abelardo lo supo todo.

—El chato está cagado.

—¿Por qué, ah?

—Hay una gringa buenota que le quiere hacer floro, y tú sabes cómo es el chato pues. Cómo se nos ocurre dejarlo solito. Una mierda somos —Abelardo dio la vuelta una vez más—. Oye, chato, te cambio de sitio, la Fabiola quiere hablar contigo.

—Oye, sí. Gracias

Hicieron el cambio. ¡Qué culón que es el Abelardo de miércoles! Y eso que ni siquiera hace ejercicios… buuuuuuuu ¿por qué? ¿Por qué? Oye ¡ya! Por que el Abelardo te diga que eres fea no lo vas a comenzar a ver como el más cuero del mundo, ¿no? Es cuero, pero bueno. Jonathan. Jonathan.

—Fabiolita —silencio—. Dice el Abelardo ¿quieres hablar conmigo?

—No, bueno sí. Es que… para que no estés solito.

—Ah…

—Me muero de sueñito, ya me duermo ¿ya? Me abrigas pues.

—Ya.

Fabiola programó su reproductor de mp3. Escogió Sorry de Madonna. Play. I dont wanna hear, I dont wanna know…

Jonathan creyó escuchar algo.

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Pd. El libro “Para detener el tiempo” (Grupo Editorial Dragostea) que contiene la novela “Antes que las primeras veces se terminen” que estamos presentado por capítulos, puede comprarse en la minitienda Erminia, Fashion & Art en calle San Andrés 229 – Cusco.

Antes que las primeras veces se terminen. Vol. 7

 

Novela

Para detener el tiempo
Jorge Vargas
jorge@elcaminerito.com

Atardecía el telar del cielo. Abelardo y Jonathan dieron la vuelta a la esquina de la avenida el Sol desde la Plaza de Armas. Jonathan pensó que a esa hora el Cusco podía reconocerse mejor así mismo en relación al gesto natural de las personas.

—¡Ah! Chato, chato. Te cuento —dijo Abelardo—, estaba leyendo una Etiqueta Negra en la jato de mi pata y encontré una huevada recontra interesante, chato. Mira, dice que la única gaseosa en el mundo entero, en el mundo entero, ah, que le ganó en ventas a la Coca-Cola en un país fue… adivina.

—No sé

—Inca Kola pues, chato. ¡Inca Kola! ¿Y quién es su modelo actual? ¿Quién es su modelo actual? Ja, ja, ja. Bueno, bueno. ¡Chato! Nos culeamos a los gringos sin su consentimiento en one. ¿Manyas? O sea al país más poderoso del mundo, acá la Inca Kola vendió más que la Coca Cola; y ¿qué hicieron los hijos de puta? Billetes pues. Se compraron la Inca Kola. Nos cagaron. O sea, nos cagaron en el, digamos, en lo que menos importa, chato, porque el símbolo ahí está. ¡Qué chucha que la plata la manejen los gringos! Lo que en verdad significa la Inca Kola es mucho más poderoso. Bueno, la cuestión es que intentaron venderla a otros países pero nica, chato. Nadie se acostumbró. Dice que dijeron que sabía a chicle y tenía color de pichi, puta, unos huevones son. Y así pues, hicieron un montón de estudios pa saber qué pasaba, y dicen que hay una relación así, con el combo. Pero bueno, bueno, la Inca Kola es la voz. ¿Te das cuenta?

—Es única.

—¡Eso, chato! Es única. O sea, no se cómo decir, pero me refiero al sentido así… más superior, más, que te digo, puta máximo, más puro. Única.

Caminaron. La congestión de la avenida empeoraba. Autos de todas clases gruñían muy juntos. Al lado izquierdo de los muchachos se desplegó un crepúsculo luminoso aparte: el Qorikancha. Jonathan se fijó, como de costumbre, en los muros Inkas que soportaban al gran templo cristiano. Una mujer mayor detuvo su trayectoria, por un momento Abelardo pensó que le pediría un autógrafo.

—Joven, ¿es usted cristiano?

—Eh… ¿sí? —respondió Abelardo.

—Entonces, podrá usted cumplir su misión —la mujer le entregó un sobre—, hasta luego. Que Dios le bendiga.

El sobre contenía una estampa del Corazón de Jesús, de alguna manera habían pegado una moneda de diez céntimos en el envés. Abelardo leyó en silencio, su rostro se coloreó.

—Puta madre.

—¿Qué? ¿Qué es eso? —dijo Jonathan que no había prestado demasiada atención en la señora.

—Chato, ¿eres cristiano?

—No.

—A ya, entonces, agarra, tú la puedes botar —Abelardo le extendió el sobre, Jonathan no lo tomaba.

—¿Qué es eso?

—Dice que si no mando a hacer quinientas estampitas como éstas, pegándoles diez céntimos a cada una, para repartirlas, los poderes del Sagrado Corazón de Jesús van a hacer que me caigan las peores desgracias del mundo, hay ejemplos, chato. De no sé qué presidentes que rompieron la cadena y se les murieron las familias y se fueron a la mierda, chato.

—Para qué aceptas —Jonathan no tomó el sobre.

—Pero, chato. Tú no eres cristiano.

—Igual.

—¿Cómo que igual?

—No sé.

—Entonces, ¿qué eres? —preguntó Abelardo.

—Es difícil de explicártelo.

Caminaron un momento más, en silencio. Abelardo guardo el sobre en el fondo de su chuspa, con la intensión de olvidarla por siempre. 

—Chato, no sé. Pucha, me has hecho pensar, puta que no sé. Mira, tú sabes, yo no me hago paltas con lo de Dios, el Dios cristiano ni en nada de esas huevadas, pese a que haya estudiado en un colegio católico y todo. Bueno, yo estaba tranquilo pensando en que bastaba con no joder a nadie y si es posible ayudar a que las cosas estén en orden, con justicia, qué se yo. O sea creía en una fuerza superior, una energía, ¿ya? Bueno la cuestión que cuando me fui a Paucartambo, yo tenía que irme todo chévere con mi pata a la aventura, a chupar así ¿no? hasta las últimas consecuencias. Bueno, yo no iba a ir chato, porque mi pata se fue un día antes con su flaca y yo no había conseguido un puto eslipin ¿ya? La cuestión es que yo tenía planeado salir de mi casa a las dos. A la una y cuarenta, yo decía: ya pe, qué piensas, no vas a jalar. Y se aparece mi vecina Adriana y me pregunta sobre Paucartambo y cuando le digo que no había conseguido eslipin me jala a su casa y me presta uno. Yo dije: la mierda, una señal de la Mamacha del Carmen, me largo. Y me largué pues. La cuestión es que estaba recontra misio. Misio, misio, es decir, no quería llevar plata pues, para la aventura, para vivir con la gente pues, para practicar mi quechua. Y bueno llegué a Paucartambo, primera vez, ah, asustado, palteadazo porque no conocía pues, di vueltas y vueltas y nada, un huevo de gente pero no encontraba a mi pata. Cuando comenzó a oscurecer, chato, qué miedo. Me asusté. Comencé a caminar apurado y no sé cómo mierda llego al templo, entro y me persigno todo y le pido a la virgen que encuentre a mi pata. Salgo chato y adivina…

—Encuentras a tu amigo.

—¡Sí! ¡Sí! Lo encuentro, así de la nada. Bueno la cuestión que dije, otra señal. En la noche comimos en un cargo, salimos a chupar y full huevadas. La cuestión es que al día siguiente era la procesión principal, chato. La virgen sale de la iglesia y las danzas la siguen de espaldas por el pueblo y revientan dinamitas en los cerros, re bacán todo ¿ya? A los techos se suben los Saqras que son la cagada, así vestidos con sus garras y todo, comienzan a moverse raro, se tapan la cara para no ver a la virgen y a la vez dice que la tientan para que peque. Bueno mi pata me dice que quiere cargarla, en ese rato la cargaban pura flaca, y nos metemos a la gente que seguía la procesión, o sea, cualquiera puede cargarla, claro, si llegas primero ¿manyas? En el último tramo se detienen, y ya pues piden patas para que carguen y mi amigo se mete y la comienza a cargar. Puta yo sigo pues caminando con la gente y me caen flores y pica-pica y justo en la última callecita, la que da al templo, la miro a la virgen, miro su cara, chato; y casi me pongo a moquear. Así de la nada y puta ahí me pongo a pensar: Abelardo de mierda, ¿en qué crees? O sea, todo pues por las señales y todo. Y me entró un no sé qué, chato. Ayúdame.

El viento había desprendido gotas de la fuente coronada con el sol de Echenique al frente de los hoteles que por allí desafiaban con su tamaño. El rocío de la Paqcha era agradable. Abelardo se acomodó el chullo. 

Caminaron en silencio.

—Mira, yo creo que al mundo lo mueve la naturaleza, como unión del tiempo y el espacio. Creo que todo se renueva y cualquier fenómeno, cualquiera, hasta el más chiquito o superfluo tiene una misión dentro del gran conjunto de cosas ¿entiendes? Todo produce algo. La naturaleza siempre tiene la razón. Ahora, acerca de tu emoción al ver a la virgen; creo que tiene que ver de hecho con nuestra educación, nuestros colegios y todo. Mira, a ver, cómo te explico, hace tiempo que se ha matado a Dios, es decir, se prescinde de la religión para llegar a una verdad, digamos, científica, total, una cosa así ¿ya? —Jonathan resumía sus conclusiones subestimando a su amigo, Abelardo quiso saber a qué asesinos se refería, continuó escuchando—. Bueno, por mi parte pese a haber leído, creo, lo suficiente como para tener criterios teóricos y dejar de creer o dejar de sentir, es imposible. La culpabilidad de mi cuerpo es persistente todavía y eso me impide a veces reflexionar con claridad las cosas. Mala idea la de los dogmas, creo. ¿A qué aferrarse? ¿En qué creer?

—¿Qué es dogma, chato?

—Una cosa que no puedes explicar y en la que tienes que creer sola y exclusivamente por fe.

—Ah, sí pues. Bueno, bueno. ¿En qué creer?

Cuando Abelardo apoyó la punta de su pie, en la primera grada, al voltear la esquina de la estación de trenes, la enorme puerta metálica se abrió explosiva con una serie de detonaciones metálicas imposibles de oír por su fuerza. Un hombre cayó a los brazos de Abelardo, la puerta había cortado su pie en la última grada pero no se desprendía por completo. Un pedazo de tren había perdido el control. Los adultos gritaban corriendo por todos lados. Policías brotados del vacío accionaban sus silbatos agudos como queriendo detener el vagón que escapaba furioso. Abelardo abrazó al hombre que entre gemidos lloraba. El vagón se alejó rugiendo, rechinando y el espanto, general. Un taxista joven detuvo su auto lo más cerca posible al hombre, muchachos fuertes del centro comercial aledaño empujaban la puerta para liberarlo. Las señoras gritaban todavía escabulléndose por todas partes y los otros adultos se complacían con mirar. Abelardo quiso recriminarles. Jonathan contribuyó a empujar la puerta que doblaba su tamaño en altura. Cuando al fin lograron moverla vieron cómo el pie del hombre bailaba solo en litros de sangre, unos ligamentos se resistían a dejarlo ir por completo. Un muchacho levantó al hombre con ayuda de Abelardo para llevarlo hasta el taxi, dos policías subieron también al auto.

—Déjalo nomás —le dijo el muchacho a Abelardo—, yo me encargo del señor.

Se fueron.

Poco a poco las cosas tomaron su rumbo. El vagón se había detenido no muy lejos.

Recién al llegar a la avenida Infancia se atrevieron a hablar.

—Quién habrá sido el conchasumadre que se ha equivocado. ¿Qué pasaba si esa mierda se iba hasta abajo? Qué mierda pasaba si moría gente, ese señor no va a tener su pie de nuevo, oe. La puta madre —Abelardo temblaba.

—Nada. De repente y esa persona no tuvo la culpa. 

Ya era de noche.

Antes que las primeras veces se terminen. Vol. 6

 

Novela

Para detener el tiempo
Jorge Vargas

jorge@elcaminerito.com

—¡Fabiola! A tomar desayuno.

—¡Ya voy!

Fabiola definitivamente estaba de mal humor. Odiaba cuando su papá, sabelotodo, hacía el desayuno. Siempre se le quemaba la avena o le echaba mucha mantequilla a los panes. El cabello húmedo de Fabiola se escurría por su espalda mojándola.

—Tu mamá se ha ido a Lima. El Juan Carlos ha llamado tempranito y le dijo que la offset grande se ha malogrado. Y ya pues, el negocio del señor Linares se nos iría. Dice que el Alan no tiene repuestos. ¡Cuándo van a tener esos vagos pues!

—Sí pues. Ese Juan Carlos nunca me ha caído bien.

Estaban sentados frente a frente pero no se miraban. Why you have to go and make the things so complicated. La voz de Avril Lavigne resonó en su cabeza. La odio, la odio… ojalá fuera tan bonita como esta tarada. Aaaaay. No tenía conciencia de sí. La belleza real no suele ser conciente.

—Ah, no sé si tu mamá te dijo algo. Hoy es el santo de su hermana. Ayer llamó por teléfono y dijo que vendría a comer con nosotros porque tu tío Juan viajó de urgencia. Su mamá está mal, en Chiclayo creo y no se va a quedar solita el día de su santo, así que ahorita me voy a comprar unos vinos, para festejar pues.

—¿Mi tía va a venir?

—Sí…

—¿Y mi mamá? ¿Qué va a hacer mi tía si mi mamá no está?

—Hija, no seas quisquillosa, tu tía vendrá a comer un rato. Tomaremos los vinitos y si no llega tu mamá se irá pues. Hace cuanto que no viene tu tía.

—¿Mi mamá va a llegar hoy día mismo?

—Sí, a eso de las cuatro. Si es cuestión de ir a comprar la cosa esa de la máquina y listo. Además en la noche iba a haber un evento, una fiesta creo de no sé qué empresa en el “Mistic Slut”, tu mamá tiene que ir a chequear todo eso pues.

Hubiera querido decir “puta madre” en voz alta, relacionando la expresión con su propia madre, pero su mente se ocupó rápido en elaborar un plan que le permitiese concluir sus labores con éxito. Caviló entusiasmada. Si se quedan a chupando, todo va a ser más fácil. Ni cuenta que se dan.

Su sonrisa.

—¡Salú pues, hijita salú! ¡Ay no! ¡No me digas que tú no tomas! Estos jóvenes de ahora…

Fabiola: incómoda.

Nadie había encendido la luz del comedor. La celebración por el cumpleaños de su tía se había extendido ya seis horas. Una comilona desgarradora que habían pedido por teléfono y dando las cinco y media de la tarde, cuatro botellas de vino Rosé, bastante dulce como a Fabiola le gustaba.

—Pa, ¿mi mamá no te dijo a que hora iba a llegar? —dijo Fabiola evadiendo la conversación con su tía, los dos adultos estaban bastante ebrios. Sintió un profundo rechazo. Una mezcla maliciosa, asco y pena. Los adultos borrachos resultan mucho más desagradables y ridículos.

—Sí, oye ¿qué horas es?

—¡Uy papi! Las cinco y media —Fabiola fingió su sorpresa, el transcurrir de la hora no había salido de su cabeza ni un momento—, ¿me das permiso para una fiesta? —su voz sonaba amical y cariñosa, digna de ganar el permiso—, es el cumple de Marce, pues.

—Ya, ya. Anda nomás, anda.

Y, minutos después, cómo se hubo roto su alma.

Impulsiva y muy nerviosa volvió a bañarse. Oscurecía y su emoción se había convertido en un kilométrico hoyo en el corazón que, desde dentro, parecía absorberla. Desnuda, en tinieblas, cerró la ducha e intentó silenciar aquel dolor inexplicable.

S i  l   e    n     c      i      o.

Sin embargo escuchó cercanos los gemidos de su padre y de su tía. Lentamente acompasados como tratándose de suspiros de algodón. Serenos, indiscutiblemente húmedos, prolongadísimos.

Era imposible. Su padre, su papá, su papito. Gimiendo varonilmente. Y su tía aprovechándose, gimiendo también, fuerte, muy fuerte.

Su piel erizada, sus pezones tensos de ira. Su dolor fue tan agudo y sincero que sólo consiguió imaginar al diablo riéndose de su familia en la puerta, en el taxi, en la plaza Regocijo, durante su tan ansiada y maravillosa primera exposición. Se vio atacada, furiosa, como el hipopótamo con las fauces abiertas que Rubens había pintado con genialidad. Se sintió diminuta. Había pasado sus primeros cuarenta y cinco minutos de inmortalidad royendo su cerebro y masticándose las uñas. Nuevamente, y aún sin estar ahí, sus padres habían hecho jirones de carne su felicidad. Habló unos instantes con los periodistas concurrentes, posó para algunas fotos. Abrazó con toda su fuerza a Guido Salazar queriendo ser entendida y salió a deambular por las calles del centro.

Cusco es ajenísimo a la tristeza, especialmente en las noches de sábado, y Fabiola era conciente.

Bordeó la plaza Regocijo, “Regocijo” lo pensó en comillas “Regocijo”, y por la Calle del Medio llegó a la Plaza de Armas. La catedral era una gran mueca feliz. Envidió tanto a cada muchacho que veía sonriente.

El centro de Cusco es trampa mortal para los tristes, sin embargo el frío le resultaba agradable.

Anheló que el mundo fuera de otro modo. Hubiera querido no arruinar aquel día tan importante en su carrera. Cómo quisiera estar muerta, no, no. Yo valgo. Anduvo suave como cuando llega el sueño, de a pocos; sintiendo ese escalofrío mordaz e hiriente que le recordaba su soledad infantil.

Al retornar, evitó la bulliciosa avenida el Sol.

Pero si fueron ellos, bueno, mi viejo el que me despertó, así: bien, bien mi emoción por la pintura. Me acuerdo claro. Yo era bien pequeña, tan pequeñita y tan estúpida que creía poder ir a hablar con el alcalde para conversar sobre la situación de las personas pobres en la calle, no me entraba en la cabeza cómo el municipio no los ayudaba un poco. La cuestión es que un día mi papá trajo unas muestras de papel de colores de la imprenta y me quedé loca. Nunca había visto tantos colores juntos en mi vida. Fue la primera cosa que robé y que guardé con toda mi alma. Y recuerdo que me quedé varias semanas con el púrpura en la cabeza y ahora una se queda a veces pegada, cocida a un color. Así como algunas de mis amigas se quedaban con una persona en la cabeza y no pueden dejar de pensar, yo me quedo con los colores. Y es horrible, horrible. Bueno, mi mamá también “ayudó” cuando ella trajo las cerámicas que luego, mucho después supe que eran de Mérida, de los señores pobres, de ese viejito tirado. Me moría de miedo. Yo compadecía a aquel de barro, a ese hombre sin color. Traumada, asustadísima con su cara tan real, lo compró para esa navidad cuando mi papá me regala un set de cuarenta y dos plumones Faber-Castell y yo no podía de la emoción, yo no podía. Sin que él sepa yo dormía con los plumones. Los ponía debajo de mi almohada y dormía con ellos. Nunca les cambié de lugar, es decir, como vinieron. Nunca los desordené. Después mi papá me regaló un set de cuarenta y dos colores también, pero eran lápices. Y los amé. Dejé un poco de lado a los plumones que no me daban lo que los lápices sí: la lluvia de colores. Cuando iba a la casa de mi tia me pasaba las tardes pintando mis tareas, y aparte me había conseguido mi cuaderno de dibujo. ¡Qué risa! Me salían abstractos geométricos cuando intentaba dibujar la ventana de su cocina que daba al cerro Viva el Perú. La cuestión es que raspaba mucho mis lápices pero nunca botaba sus, sus, las cositas esas que salen cuando uno raspa. Las guardaba en una bolsita que se llenaba de un montón, montón de colores, con esas cositas y cuando acababa mis tareas y la tarde acababa también, llenaba de agua esa bolsita, salía a su patio y lanzaba la bolsa al techo del primer piso del vecino y esperaba un ratito. De pronto el agua comenzaba a caer entre las tejas y yo quería hacer de la tarde un arco-iris. Claro, sólo caía agua y a veces alguna de esas maderitas, pero yo imaginaba que llovía colores sobre la casa de mi tía, que llovían colores translúcidos. Todas las tardes que pasaba en la casa de mi tía llovían colores hasta que una vez el vecino se quejó. Por unas pocas bolsas en un techo que sólo verían los sonsos desde sus aviones me dejaron sin lluvia de colores. Desde esa vez odio a los adultos. Malditos.

Cuando subía en el ascensor hasta el piso siete sintió que dejaba alma en el camino; decaída abrió la puerta. No había nadie. Encontró un papel arrugado en la mesa en el que estaba escrito con letra temblorosa: “Fabiola: tu mamá llegó, fuimos a dejar a tu tia”.

Temblando de cólera, se fue a dormir.

El timbre sonaba como un martilleo insistente en medio de la oscuridad. Mientras despertaba por completo, Fabiola se imaginó diversas cosas. En el alma tenía aún aquel sabor amargo. Se levantó rabiosa.

—Caracho, estos borrachos de miércoles… ¿Quién?

—Fabiolita, abre rápido por favor, abre mamita, abre. Ha ocurrido una desgracia —la voz de su tía se escuchó aterraba al otro lado.

Entró rápidamente al departamento, desde el séptimo piso se veía ya el dibujo de los cerros en el azul de la madrugada. Encendió la luz. La abrazó llorando, le acarició la cara y Fabiola sintió su aliento hediondo. Le contó de la desgracia, habían ido a recoger a su mamá, la habían dejado a ella en su casa y cuando regresaban, habían chocado en el puente del quinto paradero de Ttio. Fabiola lo entendió después de acostarse nuevamente, sus papás estaban muertos.

Lo que vino después ocurrió muy rápido. Antes de que su tía se fuera a Chiclayo a vivir con su esposo tramitó la pensión para Fabiola en la AFP y los papeles de la imprenta y del “Mistic Slut”; estuvo con ella hasta los dieciocho años, pero la convivencia fue terrible. Mayor de edad, como la naranja luminosa de Schiele, Fabiola exigió que se traspasen los papeles a su nombre. El procedimiento fue sincero, la culpabilidad enorme bastaba para actuar correctamente. Fabiolita sola, bien se hubiera podido quedar con ella. Fabiolita le hizo un favor. Se hicieron un favor mutuo. Antes de irse la tia le reveló la pequeña fortuna de sus padres, intentó dejar todo en orden y trajo a Arsenie.

Arsenie y sus padres partieron de Constanţa, el puerto más importante de Rumanía, en busca de mejores posibilidades en Brasil (desatino total. El espacio en relación al futuro no se tantea, se decide. Su estupidez era apátrida, nada bueno puede resultar de todo ello). La tía de Fabiola, al estar de paso por São Paulo, lo encontró una tarde cuando pedía limosnas en un centro comercial. Sus padres se desprendieron de él sin mayores contratiempos. Eso es todo lo que Fabiola siempre supo. Por vergüenza y lástima nunca le interesó preguntar más.

El vibrar fuerte de su celular sobre la mesa la despertó del todo. Tanteando logró obtener el teléfono. Era Abelardo. ¡Pucha madre! ¡Le quise agarrar el poto al Abelardo! ¡Nooooooo! ¡No quiero chupar nunca más! Muy arrepentida intentó reflexionar y calmarse. Respiró profundo y ahogando un pequeño dolor de amígdala contestó

—¿Aló?

—¡Borracha! —la voz de Abelardo era animosa.

—Conchudo.

—¿Qué tal pes, mi querida Fabiolita? ¿Cómo va la resaca?

—Horrible, me siento re mal.

—¿Por?

—No sé, re, re, re, mal —Fabiola recordó el arrebato irrespetuoso de Abelardo pero prefirió callar—. Me siento re mal oye, no sé. Siempre que chupo me deprimo horrible.

—¡Ajá! ¿Qué habrás hecho ayer pues?

—Nada, oye, qué tienes.

—Y ustedes desgraciados que me dejan solito ahí, botado en la Plaza de Armas.

—¡Oye, qué?, por si no recuerdas papito, tú te fuiste solitito hecho un loco no sé por qué.

—¿Qué? Ni cagando oye, ustedes me dejaron.

—Sabes qué, Abelardo… para la próxima no chupes tanto ¿ya? Aunque ni chupamos mucho, tú que eres un pollo.

—Naa, bueno. ¿Serio? Puta que ni me acuerdo ah. Pero, tú pues alcohólica que me andas incitando al vicio.

La voz de Abelardo era dulce. Fabiola suspiró.

—Fuera oye, baaaboooso.

—¿Qué es del Jonathan?

—Ni idea, ayer me dejó en mi casa a eso de las… tres o cuatro no me acuerdo. Supongo que estará bien.

—Oye, ¿qué fue de mi casaca, ah?, ¿la tienen ustedes? —preguntó Abelardo.

—Claro pues, ¿no se la estás dando al Jonathan para que la lleve al guardarropa del Mamáfrica?

—No me acuerdo, alucina.

—Llámale pues, él se la llevó.

—Ya bacán, chévere. Gracias, ah. Sorry más bien. Bueno, bueno Fabiolita me tengo que bañar.

—Ya, ya. Cuídate, oye. Bai.

—Saludos al Arsenie, chaufas.

Antes que las primeras veces se terminen. Vol. 5

 

Novela

Para detener el tiempo
Jorge Vargas
jorge@elcaminerito.com

2

Un zumbido absoluto parecía alejarse en la inmensidad del sueño. Fabiola despertó abotagada.

Su habitación le pareció demasiado luminosa, tuvo miedo de haberse despertado al mediodía. Observó el reloj de su muñeca transparente. Eran las ocho y media de la mañana. Cuando escuchó el crujido de la puerta cerró los ojos y trató de esconderse bajo las frazadas disimulando. Arsenie entró sigiloso, Fabiola siguió su trayectoria lenta hasta la ventana, después de un gesto ácido la abrió. El sentimiento de tranquilidad que le suponía vivir sólo con Arsenie la abandonó entonces.

Arsenie había llegado inmediatamente después de la muerte de los padres de Fabiola.

Aquella mañana el timbre intempestivo del teléfono la despertó tempranísimo aún cuando el filtro celeste del día joven lo cubría todo. Fue su madre quien atendió. Fabiola agudizó tanto su oído como la helada había agudizado sus pezones.

—¿Aló?… ¡Ay Juan Carlitos! Cómo me llamas a está hora pues, hijo… dime… dime, no más dime. ¿Cuál? ¿La offset grande?… ¡Ay no te puedo creer!… Y ¿quién ha sido pues? ¿Quién ha estado manipulando las máquinas al último, ayer?… ¡Ay, Dios mío! ¿Y ahora?… ¡No pues! Yo que les doy confianza y ustedes… ¡Ay! No me digas, no me digas, Juan Carlitos… ¡Ay! Sí, pues… ¿Para cuando es lo del señor Linares?… ¿Pasado? ¿No era de acá tres días? El señor Linares me va a matar, ahora sí, ahora sí… ¿Ya has llamado a lo de los repuestos? Lo habrás llamado al Alancito a su casa, no creo que hayan abierto lo de los repuestos todavía… ¿Y? ¿Y no hay?… ¡Ay, Juan Carlitos! Las noticias que me traes. Me iré a Lima no más pues, ya les descontaré a ustedes… ¿Cómo? Claro pues hijito, alguien habrá hecho algo ayer, la máquina no se va a malograr sola ¿no? ¡Ay ya, ya hijito! Si se puede avanzar algo con las máquinas chicas, alguito avancen pues ¿ya? Nos veremos mañana pues. Ya… okei… okei, okei… dile a la Mayrita que lo haga… ya, chau hijito, chau.

—¿Qué ha pasado? —su papá se había levantado también, preocupado por el barullo. A veces, las voces parecían diluirse en los pasillos como si algo tratase de ocultarle a Fabiola la verdad.

—Nada, nada. La offset grande se ha malogrado. El sonso del Juan Carlos qué habrá hecho anoche pues con la máquina.

—Te dije que no debimos contratar a ese vago de porquería. Siempre resulta lo mismo. ¿Y ahora? ¿Hay repuesto donde el Alancito?

—Dice que le ha llamado a su casa y que no hay, dice que recién van a hacer pedido. Y hasta que llegué, uy, fracasa pues el negocio con el viejo Linares. Y ¿cuánta plata se nos va ahí?

—Sí pues. Pero para que veas. Para que la próxima me hagas caso. ¿Y ahora?

—No hay otra, Antón. A Lima no más me voy a ir.

—¡Ay mujer! ¿Hoy día no es el cumpleaños de tu hermana?

—Sí pues, pero ¿qué se va a hacer? ¡Cuánta plata se nos va a ir en lo del señor Linares!

—Tú sabrás lo que haces.

—¿Sabes qué? Porqué mejor no me lo vas llamando a Wayra Perú y de una vez compras los pasajes para ahorita mismo a Lima, ida y vuelta. ¿Ya? Mientras yo me alisto. Ojalá haya avión para ahorita, para ahorita mismo.

Fabiola siempre había desconfiado de Juan Carlos. Oyó cómo las pisadas húmedas de su madre salpicaban por toda la casa. Frustrada intentó dormir. Estaba tan cubierta que ya no sentía frío, sin embargo sus pezones continuaban tiesos.

Cusco comenzaba a moverse y aunque la noche anterior haya sido catastrófica los sábados nunca despierta con resaca. Cusco no tiene resaca jamás.

Fabiola, cubierta sólo por sus breves ropas interiores, se debatía en la elección del atuendo de turno. Dando saltitos gráciles que mostraban, a sus quince años, unas ya ondulantes y consumadas formas. Se encerró en el baño y vacilante se desnudó. Se observó contenta en el espejo.

—Pucha madre, mi expo —dijo antes de cerrar las cortinas y soltar el agua caliente.

La vinculación con los mejores artistas plásticos del Cusco fue espontánea.  Poco después de cumplir los trece años su prematuro talento había sido distinguido en numerosas ocasiones. Su capacidad era innegable. Fue invitada a la escuela de Bellas Artes como alumna libre un año después. Sus padres comenzaban a sospechar que todo iba en serio y fueron ellos quienes se habían opuesto a que se reúna la colección de sus cuadros para exponerlos. Enterado del problema el maestro pintor Guido Salazar abordó una noche a Fabiola para proponerle una exposición sin que sus padres lo supieran. “Es hora, no dejes pasar la oportunidad de volverte inmortal”. Volverse inmortal, sonaba mágico e increíble. Qué más combustible para una vida feliz que la oferta, al parecer garantizada, de inmortalidad. El frenesí de Fabiola sólo podía ser superado por su fantástico talento. El ajetreo no fue más que divertidas maromas durante sus vacaciones escolares. Se escogieron dieciocho de sus treinta y tres pinturas en las que se reunían, más o menos constantes, matices azules en formas explosivas o en armonía con los paisajes cusqueños, al principio era seguidora de Kandinsky (en la forma y colores, pero sobre todo por su peso teórico), desde siempre fue muy técnica. Se proveyeron los bastidores faltantes y se consiguió el salón principal de la Municipalidad del Cusco.

Había logrado olvidar por unas horas lo que no salía de su mente ni un momento desde hacía tres semanas y el batir constantísimo de su corazón retorno galopando.

Observó nuevamente su reflejo y ahora, sin dudar, corrió la cortina dispuesta a entregarse al afortunado vapor. Le había prometido a Guido Salazar que todo se mantendría en secreto para sus padres, pero no estaba segura. Las consecuencias la inquietaban. Tenía miedo. Sentía cómo el agua jugueteaba con ella. Era absurdo estar pensando en sus padres mientras se bañaba. El ceño lo sentía pesado; la barriga, llena. Enjabonó su cuerpo con ímpetu mientras tejía posibilidades. Pensó en vender sus cuadros con libertad, pensó por un momento en Frida Khalo, pero meneó la cabeza y recordó a Tilsa Tsuchiya, pensó en vivir feliz. El agua era excitante. Pucha madre, pucha madre ¿Y ahora?… ¿Cómo michi se lo digo a mis papás? Papi, papi… me olvidé contarte. La semana pasada Guido Salazar, el pintor ése pues, ése que la otra vez salió en la tele, sí, sí, ése que anda saliendo siempre en la tele, hasta en cable, uno de Cusco. ¿Te acuerdas, no? Ya pues, me dijo para hacer una expo. Sí, de mis cuadros. Y seguro mi viejo dirá: ¡Ay hijita! ¿Otra vez con lo de los cuadros? No pues hombre, no pues. Ya sabes lo que tu  mamá piensa de eso ¿No? Entonces pues hijita. Fabiola recordó la triste reacción de su madre cuando le había enseñado el dibujo que tenía planeado presentar en uno de sus primeros concursos: “¡Ay hijita! Está más o menos tu dibujito”. Cuán absurdamente puede actuar un adulto intentando hacer el bien. La madre no estaba en absoluto dispuesta a poner en riesgo el futuro de su hija. Sufrió mucho visionándola como una borracha con el cabello pintado. Fabiola sin embargo, corrió veloz su carrera de colores. Ganó su concurso y desde entonces nadie la pudo detener. ¡Claro! Si nunca me acompañan a recibir mis premios, nunca, nunca, nunca. Siempre lo mismo: Hijita, date cuenta por favor, de eso no se vive. Te vas a morir de hambre si quieres estudiar eso de la pintura. Mira, yo siempre quise ser profesora de educación física ¿Te imaginas qué nos hubiera pasado? No vivirías feliz en una buena casa, en un buen colegio, no serías feliz como lo eres ahora. Entiende hijita, por favor entiende… Aaaaay… floro barato, floro antiguo que huele a naftalina, wajjjj, floro barato, floro viejo. Y los intentos por detener esa marea vertiginosa fueron descabellados y crueles. Entre otras cosas, cortaban las cerdas de sus pinceles o vaciaban sus pinturas y disolventes al baño. Cómo me los tenía que esconder, caracho. Cómo me los tenía que esconder. Tremenda destrucción recíproca. Los padres sufrían tanto como ella, pero la amaban muchísimo. Sus últimas reflexiones la arrastraron de nuevo al rincón más incomprensible de su alma adolescente. Pucha madre, pucha madre. Y la furia, como ola de río violento, rompió sobre su orilla revolcándola una vez más.  Sintió sus puños llenos de sangre, pensó en epitafios. Imaginó un cementerio eterno lleno de cruces encendidas. Ella era transportada en una calesa. Imaginó al demonio. Vio cómo los caballos, de susto, comenzaron a volar y sólo pensó en mostrarle el dedo medio a lucifer.

Decidió por fin, no decir nada.

Antes que las primeras veces se terminen. Vol. 4

 

Novela

Para detener el tiempo
Jorge Vargas

jorge@elcaminerito.com

Una multitud ruidosa cubría la Plaza de Armas del Cusco por el día festivo. Los muchachos, en grupos, conversaban animados con una alegría epidémica. La diversión completa y sus engranajes funcionando correcto, las noches de fiesta en el Cusco son fáciles.

Bajaron del taxi a la altura del atrio de la catedral. Jonathan se percató de la multitud pero esta vez era invisible, el fulgor de sus amigos lo ocultaba y él sintiéndose tan tranquilo. Se dirigieron a la pileta. Fabiola y Abelardo eran abordados constantemente lo que detenía su trayectoria, saludaban y conversaban un poco, reían. En estos casos siempre hay algo de fama. Ella una revolución en la pintura joven peruana; él, un muchacho apuesto que salía en la última propaganda de Inca Kola.

Fabiola ya un poco inquieta insistió para que Abelardo caminara más rápido.

—Abelardo, ¿te apuras?, tenemos que ir a beber antes del Caos… ¿dónde vamos a ir a comprar el trago?

—Suave, Fabiola; cuando se trata de trago mosca eres ¿no?

—Aaaay, tarado. ¿Sabes qué? Para tu información, a mí me gusta chupar porque —Fabiola pensó en sonar interesante—… con el trago soy capaz de detener el tiempo.

Mientras Abelardo reflexionaba en las palabras de Fabiola, Jonathan en silencio.

Enrumbaron hacia Plateros. Fueron abordados al cruzar la pista por los que regalaban free passes para las discotecas cercanas que pese a ser pequeñas se repletaban de turistas. Como todo, existían ventajas (estaba permitido hacer lo que sea, nadie lo recuerda a uno) y desventajas (habían hecho una promesa: nunca pasar la noche o besarse o siquiera intimar demasiado con un extranjero, lo consideraban de muy mal gusto).

—Compraremos un Pisquito acá, ¿no? —Abelardo se detuvo en una licorería de la calle Plateros.

—Ya pues. Haremos una chancha —dijo Fabiola.

—Diez soles pues por cabeza. Diez soles, ¿ya, Fabiola? ¿ya, chato?

Cuando obtuvo el dinero se adentró en el lugar.

Ahí, Fabiola se deshizo. Notó que entre tanta gente animosa y perfumada, una pequeña anciana ofrecía bolsitas con hojas de Coca y pulseras artesanales. Estaba sentada en el portón de una casona. Sonreía increíblemente y el andar de las personas con tanta indiferencia.

—Maldita sea, nosotros gastándonos un montón de plata para chupar y esa viejita…

En el corazón de Fabiola crecía una llaga azul. Se convenció de que toda la pobreza en el mundo era culpa de gente como ella. Suspiraba. Buscó dos soles, pensando que una cantidad mayor o menor resultaba ridícula, y cruzó la pista con ira, sin importarle la acción de los autos. Se acuclilló. El sonreír verde de la ancianita. Le faltaban algunos dientes y masticaba Coca. Fabiola triste, aunque sonriendo, le entregó el dinero y fue agradecida con una reverencia sincera. Aquel vínculo sería eterno. Corrió los pasos que la separaban de sus amigos. Abelardo llevaba una bolsa de plástico.

—Acá está tu trago. Ya pues, ¿a dónde vamos a ir? —comenzaron a andar con dirección a la calle Saphy—. Chato, tú elige, elige la calle que quieras.

—Hace frío.

—Ya sé que hace frío, pero ¿cuándo el frío nos detuvo?, no jodas pues chato. ¿Qué? quieres ir a un bar seguro. Pero ya compramos pues el Pisco.

—No, no es eso.

—Ya, ya; oye, Fabiola, tú elige.

—Donde quieran.

—Puta madre ¡Ahora tú te pones mal? Ayayayayay. No se cómo los aguanto a ustedes par de… fenómenos. Ja, ja, ja. Ahora, qué tienes tú.

—Pucha, ¿No se dieron cuenta? Había una pobre viejita, ahí sentada en la puerta del Ukukus vendiendo hojitas de Coca, ay… y no sé… ¡me llega! Y lo peor, nosotros, nosotros que nos gastamos tanta plata en trago.

—¡Carajo, Fabiola! Por las huevas te preocupas —Abelardo detestaba momentos como aquel. Él jamás se deprimía—. Esa abuelita, ¿tú crees que si no vendiera estaría ahí siempre?, vende pues, huevona. Vende, o sea, no te digo que, puta, vende como mierda y tiene full billete. Pero ya pues, ponte a pensar si le quitaran esa posibilidad, de vender, tal vez se moriría, tal vez eso la mantiene viva. Mira, te propongo algo, ¿sabes dónde hay viejitos más tristes?

—Dónde.

—En el asilo. Un día vamos pues, comemos caramelos con ellos y conversamos un rato, ¿ya?

—Ya, pero en serio.

—En serio pues.

El latir de Fabiola la satisfacía de nuevo.

—Fabiola, mira ¡un ovni! —gritó Abelardo señalando al cielo. Fabiola se interesó—. Ja, ja, ja. Ni cagando.

—¡Maldito!

Llegaron a la esquina con la calle Amargura. Fabiola se detuvo y observó la Compañía desde ahí, desde Teqsecocha, reconoció a la niña de La ronda de noche de Rembrandt. Es cierto, la Compañía era inmensa en el plano con respecto a las proporciones de la niñita pero ambas eran la luz, eran capaces de encenderlo todo.

—¿Ven? El destino nos ha traído hasta aquí. Vamos a sentarnos en las gradas y chupamos tranquilos —dijo Abelardo— ¡La cagada! Yo me iba por acá al colegio. Tenía que subir todas esas gradas.

Las calles estrechas parecían el rostro de una bruja escandinava. Misteriosas y pálidas.

Ellos, su entusiasmo y un viento frío que parecía conversar.

—Tomen asiento, bueno, bueno comenzaré yo ¿Les parece bien? Para la Pacha, para la Pacha —Abelardo derramó un poco de Pisco al suelo.

—Un poco nomás, zonzo. Después la Pacha se emborracha ¿y? —repuso Fabiola.

—Temblor pues. Ja, ja, ja. Salú, salú —Abelardo bebió, le pasó la botella y el vasito a Fabiola—. ¡La cagada! Las gradas en las que están sentados me vieron subir todas las mañanas hasta mi cole. Saben ¿no? El mejor colegio del Consorcio.

—¿El mejor? ¡Ay! Por favor. Salú, salú —Fabiola contrajo su rostro—. Uyuyuy, está fuerte el  Pisquito ah.

Jonathan recibió la botella y bebió.

—Salú, salú.

—Bueno, bueno. Quiero hacer un brindis pues, un brindis por mi cole Salesianos porque desde que salí no me dejo de soñar que vuelvo, en serio. Salú, salú.

—Eres un tarado, egoísta —Fabiola sirvió el vaso—. Yo quiero brindar por todos nuestros colegios. Santa Rosa, “i ese pe” por si acaso, La Merced y Salesianos. ¡Los mejores del consorcio! ¡Los mejores del Cusco obviamente! Y saben porqué, porque estuvimos los tres. ¡Salú caracho! ¡Salu! —brindó Fabiola.

—A la mierda, cuatro años ya que salimos del cole. ¡Qué huevada!

Jonathan se agazapó. Hubo nostalgia.

Bebieron, por algunos minutos, sin novedad.

—Oye ya. Tranqui nomás porque hace rato un gringo está que sale para chequearnos por esa ventana. Suave que ahorita llaman a Ronda Política Actual —Abelardo comenzó a imitar al conductor— el programa político más controvertido y revelador de la televisión cusqueña. Esta semana tenemos un destape es-pecccc-ta-cular. Chucuchú tantantán tarantantantantán. Ja, ja, ja. La cagada es ese programa.

La noche. Los astros. El viento se escabullía entre las ropas.

—Alaláw.

—¡No! —dijo Fabiola.

—¿Qué?

—¡Ya sé! ¡Abelardo eres un genio! ¡Salud por eso! —el Pisco continuaba circulando.

—¿Qué tiene la loca ahora? ¿Qué hice ahora?

—Aaaaaay… ¿No entiendes? ¡Ronda Política! —los ojos de Fabiola eran todo emoción, estaban tan de acuerdo con aquella melodía que es la noche en el Cusco— ¡Ronda Política Actual! El programa político más entretenido y revelador de la televisión cusqueña. ¿Entiendes?

—Es “más controvertido y revelador” no “más entretenido y revelador”

—¡Ya pues, Abelardo! ¡Ay! ¡Me llega! —Fabiola le pasó el licor a Jonathan— ¿Por qué siempre les tengo que explicar las cosas tan detalladamente? Miren, escuchen con muchísima atención. ¿Okei? Ya, podemos hacer un video de escándalo, de borrachera, así pues… de perdición y lo enviamos a Ronda Política. ¿Me entiendes? Un grandísimo escándalo pucha… y yo saldría terriblemente mal pues, me afectaría un montón. ¿Me entienden?

—¡Señor que estás en los cielos, ayúdala! —dijo Abelardo, sorbiendo el Pisco con Coca-cola.

—¡Caracho, Abelardo! Estoy hablando en serio.

—No entiendo —dijo Jonathan.

—¿Ya ves! ¿Ya ves! Ni el chato te entiende, y eso que él es recontra inteligente, ah.

Fabiola se detuvo. Tomó aire levantando sus ojos al cielo. Prosiguió.

—Un escándalo gigantesco es una buena razón para suicidarse. ¿O no?

—¿Sigues con esa huevada?

—Abelardo eres un pobre imbécil. En serio, la idea del suicidio es de verdad. Piénsenlo muchachos, no bromeo. Jonathancito ¿tú si me vas a ayudar no?

—Sí, supongo —Jonathan aún no asimilaba el asunto.

—Bueno pues ¿me van a escuchar o no?; oye Abelardo no te hagas el vivo ah, me tocaba a mí. Estamos yendo por derecha ¿okei? Bueno, escuchen, todo sería cuestión de pensar en algo que pudiera implicarme en un… súper, archi, hiper, duper escándalo. Tendrá que ser algo así, subidazo de tono, algo muy, muy fuerte. Llamamos nosotros mismos al canal ese y les decimos que la tal Fabiola está en alguna actitud sospechosa o algo así y vendrán, tiene que ser algo increíble. Entonces me deprimo horrible, no aguanto más, no sé; inventamos un par de cosas más por ahí, o sea, no me voy a matar por el escándalo, sino haremos creer que hubieron más cosas pues y ¡ya! Fabiola se cansó de lidiar con los fantasmas de su mente y se quitó la vida, así dirían. Una razón convincente. La cuestión sería pensar en qué.

—Fácil —Abelardo bebió una vez más, rápido. Pensó en el exagero de Fabiola, no la consideraba tan importante como para que a Ronda Política le interese; se distrajo, imaginó—. Una noche nos vamos de juerga, fácil acá mismo. El escenario es pues, chévere. Chupamos, igualito que ahora. A eso de la una de la mañana el Jonathan se hace el que se va pero llama al canal. Entonces, nos hacemos los locos un ratito y cuando notemos que los camarógrafos estén cerca, fingimos estar más ebrios de lo que estemos  y en plena calle, suaaaaa me la chupas.

Fabiola enrojeció.

—Oye, cállate ¿ya?

—De qué te arrochas oe, si acá todos somos choches, ¿o no? Ja, ja, ja.

Sintieron las manos adormecidas y los labios tan ligeros como sus palabras y su risa fácil. Rieron. Bebieron algún rato más. El Pisco se agotaba.

—Ya, ya tranquilos, tranquilos. ¿Qué hora son?

El alcohol es una silueta agridulce y hermafrodita.

—Oigan, oigan ¿Qué hora son? —preguntó Fabiola, de pronto lúcida.

—Son las, son las —Abelardo intentaba agudizar la visión, sentado tambaleaba— Once, son las once —no habían comido, el alcohol se disparaba en sus cabezas.

—Oye ves, ya es tradazo —dijo Fabiola.

—Ajajajajajaja, tradazo, ha dicho tradazo.

—Calla borracho de miércoles, digo ya es tardazo para ir al Caos, mejor nos vamos a alguna disco de por acá no más.

—¡No! No, no, no, no, no, no. Nada que ver. Mucho gringo. Los gringos no se bañan.

—Abelardo… mejor vámonos a una disco de por acá no más. Oye… propongamos… la tranquilidad como primera… visión. ¿Te das cuenta?, quiero tranquilidad esta noche. Quiero bailar esta noche hecha una perra, ¿entiendes? —el extranjero de la ventana volvió a salir, miró con insistencia a Fabiola, al percatarse alzó la voz —. Sí pues, quiero bailar con ustedes como una perra ¡Como una perra!

Sus ojitos adormecidos eran aún hermosos. Su rostro, como el de Abelardo, había enrojecido. Muy vagamente Jonathan pensó en advertirles.

—Ajajajaja. Eres una completa perra —dijo Abelardo—. Una perra sin remedio. Ajajajaja.

Fabiola alegremente enfurecida tomó un mechón de los cabellos de Abelardo y los zarandeó.

—Ya, ya, achakáw mierda. El gringo está que sale a cada rato, va a llamar a la tombería, a los policeman, a los cops, va a llamar, shhhh —advirtió Abelardo.

—¡Qué se vaya a su país ese gringo! Carajo —gritó Fabiola.

Jonathan se oscureció por un malestar profuso. Anudó las piernas con sus brazos y ocultó la cabeza. Fabiola y Abelardo continuaban discutiendo.

—¡Sí, tienes razón, gringo! ¡Los latinos somos mucho más limpiecitos que ustedes! ¡Cochinos!

Ambos callaron. El silencio fue reflexivo.

—Mucha huevada ya —murmuró Abelardo apagando las últimas cenizas xenofóbicas—. Mucha nota.

—Sí ¡Qué roche! Shhhhhh… silencio. En serio ahorita nos botan. Oye, oye  ¿Y el Jonathancito?

—Oye, chato. ¿Estás bien?

—…í.

—¿Qué?

—Doy bien.

—Puta que el enano ya fue ya. ¿Y ahora?

—Jonathancito —Fabiola se acercó—. ¿Jonathancito? Ya vamos ¿Ya?

—…í —asintió y apoyándose en los hombros musculosos de Abelardo consiguió ponerse de pie.

Fabiola le tomó el rostro lívido.

—¿Jonathancito?

Sintió que fuerzas extrañas estrujaban su vientre. Quiso advertirles a sus amigos, Fabiola aún lo acariciaba. Las advertencias, para un cerebro ebrio, son pesadas y torpes.

Vomitó.

En el Mamáfrica hacía muchísimo calor. Las facciones de Jonathan habían mejorado y era él quien, ahora, iba al frente del grupo. Fabiola lo abrazaba cariñosa y Abelardo los seguía tambaleante y muy callado.

—¿Me dan sus ropas? Yo las llevo a donde se guardan.

—¡Ay, caracho!, ¿ves? Sin el Jonathancito, ¿qué haríamos? Pucha, ponte a pensar nomás. Pucha, Jonathancito, yo te quiero mucho —dijo Fabiola.

Abelardo, desplomándose muy brusco, se sentó sobre el escenario al frente de la barra donde las personas menos tímidas solían moverse para el espectáculo común. Se deshizo de la ropa más abrigadora quedándose solamente con una camiseta verde ceñida y sin mangas. Fabiola hizo lo propio, su vientre planísimo seducía. Sus brazos delgados y firmes invitaban.

La discoteca era pequeña y cosmopolita. La gente que aún no se atrevía a bailar acumulaba entusiasmo en las mesitas bajas alumbradas por velas y por sus tragos coloridos. La mayoría de asistentes eran extranjeros contorsionándose de manera llamativa y curiosa pero que a nadie le importaba. Lo cotidiano, grupos de chicas y grupos de chicos, muchos bailaban solos.

—Abelardo, Abelardo. Oye, ponte bien que ahorita nos van a botar. Caracho, Abelaaardooo.

Abelardo yacía muy quieto, escondiendo la cabeza entre sus brazos fuertes. La mente se le comprimía, sintió ahogarse por un momento.

—Voyá baño —inestable, se puso de pie.

—Abelardo espera que el Jonathancito llegue —Fabiola lo tomó con firmeza de la cintura e intentó sentarlo de nuevo. Abelardo le retiró las manos. Fabiola sintiendo efímeras las voluptuosas y durísimas nalgas de su amigo procuró nuevamente un método para toquetearlo. Intentó sentarlo tomándolo ahora de las nalgas.

—¡No joascoshetumare!

El grito de Abelardo fue hostil. Ella comprendió sin problemas la textura gutural de sus palabras y mientras lo veía salir de la discoteca desconocía al chico hermoso. Sintió la tristeza absoluta de los borrachos tan lejana, sobre todo, a las melodías alegres de las discotecas.

—Do you wanna dance? —un hombre rubio había reparado en ella.

—Sorry, yo… hablo español, no te entiendo ni mishi, ni michi —contestó indignada por la inoportuna presentación del extranjero.

—Oh, disculpa ¿tú quieres bailar conmigo?

—Bueno, ya.

El señor era apuesto y olía muy bien. A Fabiola le resultó fácil menear su cuerpo. Ya no estaba molesta con el extranjero.

—And… where are you from? —no había más nudo en la lengua de Fabiola

—I thought you speak just Spanish —dijo el extranjero sintiéndose víctima de una burla.

—Well, I can speak english but my english is very poor, and I was so angry… you know… but, it doesn’t matter anymore. Where are you from?

—Ok, no problem, I’m from Switzerland.

—What?

—Switzerland —dijo el extranjero.

—What did you say?

—Switzerland.

—Oh my gosh, I’ve never heard that name before! —dijo Fabiola.

—Suiza.

—¡Ah! ¡Qué lindo! Los alpes y todo eso ¿No?

—Excuse me?

—Nothing, nothing.

—And you, where are you from? —preguntó el extranjero.

—Don’t you see?

—No, I don’t.

—I’m from here. I’m proudly Peruvian —respondió Fabiola.

—Oh, yes? You don’t look like!

—Why?

—You’re so beautiful —dijo el extranjero.

Fabiola volvió a odiarlo. Odió a todos los extranjeros de la discoteca.

—Oh my god! You look like… Paris Hilton… ¡Gracias a Dios!  My friend is over there. Buhbye —Jonathan apareció ligero de ropa—. Jonathancido ¡Gracias a Dios me has salvado! Un gringo viejo… ¡Qué hijo de su madre ese gringo! quería conmigo… un tarado… un pobre imbécil, ¡no te imaginas! No puedo creer que sea tan bruto, tan bruto ¡Aaaay! ¡Lo odiooooo! ¡ay! ¡ay! ¡ay! —estaba insatisfecha, quería golpear al extranjero. Recordó a Abelardo, se calmaba—. Pero, bueno, bueno ¡no importa! Aayayayayay —Fabiola reía—. ¡Ah! ¿Sabes qué, Jonathancito, sabes qué?… me he dado cuenta una cosa, de que cuando uno esta borracho, su cerebro se activará, no sé; la cuestión es que hablas bien en inglés.

Antes que las primeras veces se terminen. Vol. 3

 

Novela

Para detener el tiempo
Jorge Vargas

jorge@elcaminerito.com

—Espera pues, déjame que les explique… —Fabiola observó a Abelardo, él se cortaba las cutículas con una navaja; Jonathan prefería detenerse en ella. Los tres, solos en la habitación de Fabiola—. Miren, todo es recontra simple; cuando en el cole estudiaban, no sé, ponte… a Miguel Grau, nunca se pusieron a imaginar que sería alucinante que estuviera escuchándolo todo, me refiero a que después lo estudiaran y todo, ¿me entienden?

—No —dijo Jonathan.

—¡Ay! Es que es un asunto tan poco explicable con palabras… a ver, a ver; ya, ya, miren, la cuestión es que quisiera morirme para ver cómo se portan las personas con respecto a mis cuadros ¿me entienden? O sea, es que veo los cuadros de los grandes —Fabiola pensó en Velásquez, en Egon Schiele—, no sé. Sus historias, cómo se han quedado en el tiempo, se han quedado para siempre, ¿entienden? Me muero de miedo, de saber qué pasará conmigo en el futuro. O sea, quiero morirme y ver qué pasa. Cómo sigo haciendo en el mundo.

—Fabiola, Fabiola ¿qué planeas? Si te mueres ¿cómo chucha vas a ver los resultados de tu propia muerte, pues! ¿Piensas regresar o una huevada así?

—Pucha, eres un mongo, Abelardo. Entiende pues, entiende; no me voy a matar, o sea, sí me voy a matar, pero de mentiras; para luego ver que se dice sobre mí y sobre mis cuadros. Ustedes me ayudarían a planearlo todo, recontra difícil sería el asunto, pero lo planeamos bien, con cuidado, cuando las cosas se hacen con cuidado todo va bien. ¿Se imaginan? Sería todo como lo que cuentan en un documental pues, sería lo máximo

—Estás quemada, Fabiolita. Ja, ja, ja —dijo Abelardo.

—Escucha, escucha. Tú podrías ser el héroe cuero que trata de salvar a la amiga al encontrarla colgada de, de algún lado y la lleva al hospital. Imagínate los titulares “Apuesto y valeroso modelo intenta salvar a famosa pintora cusqueña” —Abelardo sonrió, imaginó un momento la escena pero la descubrió lejana—. Entonces ¿me ayudan? ¿Me ayudan? ¿Sí? ¿Sí?

—Ya, ya.

—¡Jo… na… than! ¿me vas a ayudar tú también?

—Sí —no le prestaron mucha importancia al asunto.

Abelardo se recostó en la cama enorme. Jonathan se entristecía observando el mercado de Wanchaq desde la ventana. El departamento de Fabiola quedaba en el séptimo piso del edificio Repuestos Lima. Tocaron la puerta. Un muchacho, tan alto como Abelardo, pero de cabellos negros y ojos turquesa, entró a la habitación con dificultad, llevaba una bandeja de plástico con una Inca Kola de dos litros y galletas de vainilla.

—¡Arsenie! Por fin. ¡Gracias, huevón! Me cagaba de hambre.

Abelardo se apuró en ayudar, cuando se vio librado abrazó a Arsenie, zarandeándolo.

—Jonathan, ¿no quieres galletitas? —preguntó Fabiola.

Jonathan observaba discretamente el cielo de invierno, atardecía un arco-iris azul. Eran las cinco.

—¿Quieres? —Fabiola le alcanzó un vaso de Inca Kola, sus largos dedos dejaron una marca de vaho en el vidrio.

Jonathan tomó la gaseosa sintiéndose ajeno. Pensó que el cielo era triste, el azul de enfrente era inmenso y lo asustaba.

Abelardo veía la televisión conversando con Arsenie. Fabiola se acercó a Jonathan, lo tomó por el hombro. Sonrisas.

Observaron animosos la proyección del día que acababa.

Había oscurecido. Nadie prendió las luces del cuarto. Fabiola y Jonathan intentaban responder cerebralmente las preguntas de un programa concurso en la televisión. Abelardo dormía en silencio. Fabiola bostezó, se restregó los ojos y miró su reloj.

—Es hora de irnos —le dijo Fabiola a Jonathan.

—No sé si vaya.

—¡Abelardo! ¡Abelardo! —gritó Fabiola como si sucediera alguna cosa grave— ¡Despierta, Abelardo!

—¡Suave! qué pasa —Abelardo se incorporó lentamente, sintió su cuerpo débil.

—Dice el Jonathan que no quiere ir.

—¿Cómo? No. No, chato. Está vez jalas con nosotros sí o sí.

—¿Ya ves, Jonathan?

—Pero…

Abelardo se lanzó con agilidad sobre Jonathan, la gruesa alfombra resultaba agradable. Jonathan aborrecía momentos tan dinámicos como aquel.

—¿Cómo que no quieres ir? Ya pues, chato. No la friegues. Esta noche es pues para la diversión, para la chupeta sin límites —Abelardo lo abrazó tan fuerte que Jonathan pensó que se ahogaba. Sintió en el cuello de Abelardo un aroma a vainilla. Su resistencia era mental—. ¿Vas a ir o no?

—Ya, ya. Sí.

—Bieeeen, chato ¡bien!

—Ya, ya, oigan apúrense porfa que se está haciendo tardísimo, el tiempo no nos va a alcanzar para ir al Caos. Después a las doce no quiero estar pasando roche en la cola. Tenemos que ir a beber algo antes, supongo, ¿no? —dijo Fabiola.

—¡Esta enferma! Cuando no tú, pensando siempre en trago. Ja, ja, ja —dijo Abelardo—. Ya, ya mamita, cámbiate no más que acá yo me quedo con el chato.

—¿Qué te crees, ah? Salgan de mi cuarto, no me voy a estar cambiando frente a ustedes… —la vergüenza de Fabiola era asexuada.

—Pero, Fabiola si somos patas, por las huevas te palteas, pero bueno, bueno. Ja, ja, ja… cómo quieras —dijo Abelardo.

Ambos salieron. La sala era pequeña pero elegante. Al lado de la computadora habían muchos cojines desperdigados y una gran cartulina, Fabiola se acostaba ahí para poder dibujar. Más allá un caballete. Abelardo se observó en un espejo ovalado.

—¡Asu madre! Estoy recontra despeinado, un toque que voy al baño ¿ya?

—Ya.

Esperó.

Arsenie regresaba para sentarse al frente de Jonathan. Nadie habló por un rato.

—¿Van a salir esta noche? —preguntó Arsenie.

—Sí.

Silencio.

—¡Arsenie! —dijo Abelardo con el cabello húmedo, se había lavado la cara—. ¿Dónde te metes, huevón? Se te extraña, puta que uno viene de vez en cuando y nunca estás con nosotros.

Arsenie rió, sus ojos turquesa se humedecieron.

—Estaba haciendo algunas cosas.

—¡Ah, ya! Chévere, puta, la Fabiola que no sale. A propósito, oye Arsenie ¿no quieres ir con nosotros?

—No, muchas gracias, pero no puedo… tú sabes.

—Puta, que mala voz. Algún día te sacaré yo a bailar, o a chupar, o a lo que sea; pero prométeme que irás.

—Okei, prometido.

—¿Listos? ¡Vámonos! —Fabiola era una espiga de cebada. Es difícil pensar que muchachitas con tal gracia existan de verdad. Existen, esta es una prueba. Había arreglado su cabello como un elegante y simple ramo de flores.

—¡Asu madre! ¿Quién eres amiga? Estábamos esperando a Fabiola Buenavista, hace un rato entró en ese cuarto toda chascosa ¿la has visto? —bromeó Abelardo.

—Calla, tarado. Más bien, Arsenie, mañana para el desayuno haces juguito, harto juguito. Por fa, ¿ya?

Antes que las primeras veces se terminen. Vol. 2

 

Novela

Para detener el tiempo
Jorge Vargas

jorge@elcaminerito.com

Para Fabiola hubiera sido increíblemente exacto. Aquella visión, la del obrero muerto en plena fiesta, era un calco de “Alrededor del círculo”, una pintura de Kandinsky que podría resultar, para el ojo firme, algo peruana. Sin embargo Fabiola no tenía ni la intensión de saber que su amigo cargaba con un muerto.

Por las mismas épocas Fabiola también aprendía. Ahora, después de casi cuatro años, su cerebro había ocultado de manera inteligente y productiva aquella experiencia.

El sol cosquilleaba siempre el ánimo cada tarde cuando el colegio la dejaba libre. Su uniforme rojo-sangre brillaba, digamos, a borbotones. Fabiola y sus amigas subían contentas por San Andrés hacia la calle Ayacucho para abordar sus combis. De lunes a viernes, el resplandor blanco de la calle, explotaba en arco-iris pues ahí se reunían, como grajeas, muchachos y muchachas de los principales colegios, cada uno distinto por el color de su uniforme. En medio: deliciosa conciencia del existir.

Fabiola estaba indecisa.

—Chicas, me voy a pie.

—¡Ay, Fabiola! ¿Por?

—Fabiola, regia, ¡vamos en combi todas, pues!

—Chicas, chicas. No quiero llegar a mi casa todavía, quiero dar una vuelta.

—Mmmm, Fabiola te conozco, pero bueno, bueno. Ve, anda. Te quiero, amiguis. ¡Te quiero mucho!

Y todas se abrazaron. Una de ellas fue hasta la carretilla de helados D’onofrio y le invitó un Sandwich de vanilla. Fabiola las quería sinceramente. Se despidió con el saludo especial que su promoción había creado y comenzó a subir hacia San Andrés. Su carita estaba algo sucia y sus cabellos desordenados bailoteaban. El viento le sonreía en los muslos, su falda azul oscuro y una de sus medias casi en el tobillo. Volteó por la calle Almagro, cruzó la avenida el Sol y se detuvo en el enorme mural próximo al Banco de Crédito. El Cusco lucía como un antiguo señor de España, deslavado y burgués. Fabiola rió un poco de la composición del cuadro. Los dibujos, más bien simples, y el color reducían la obra a un esquema. Debió ser una gran obra antes, pero no ahora. Sintió que el helado goteaba y se apresuró en tomarlo, comenzó entonces a bajar por la avenida.

Ella se detuvo.

Un  hombre en terno plomo-rata le mugía a una anciana campesina. Grotesco como una gran verruga en el rostro, la alejaba con asco. La campesina avergonzada comenzó a andar hacia donde venía Fabiola, el hombre cruzó los brazos como vigilando que la anciana desapareciera. La mujer andaba con dificultad, tenía una soguilla amarrada a su pie izquierdo deforme la cual jalaba con la mano para avanzar poco a poco. Se le acercó a una Fabiola de piedra.

—Mamitay, mamitay. Hospital Lorenaman riyta munani. ¿Dónde, mamitay? Imaynatan chayayman? Mamitay… Manan pipas niwanchu imayna chaynayta, nadie, runa masiymi mana kasuwanchu tapukuqti. No me dicen. Nadie, mamitay.

Fabiola entendió lo necesario. Un golpeteo incesante sacudió su cerebro. Sintió que sus pechos se dilataban, sus manos endurecidas. Caminó apurada hacia el hombre y cuando estuvo cerca gritó:

—¡H I J O  D E  P U T A!

El hombre abochornado, desesperó y con la mano levantada amenazó maldiciendo a Fabiola. Ella vio que la anciana se iba, arrastrando el pie, con vergüenza, miró al hombre bufando, soltó su helado e impotente, corrió.

Fabiola lucía frágil, sus grandes ojos estaban húmedos todo el tiempo. Siempre parecía que estaba a punto de llorar.

*

Un escozor en la nariz despertaba a Jonathan hace cuatro años. Su inconciencia débil estuvo a punto de permitirle un restregón de cara. Se detuvo a centímetros de la picazón y despertando del todo, su corazón palpitó enardecido. Había faltado poco para matar a una de sus hormigas. Saltó de la cama y se lanzó al ropero. Se calmó y buscó en su reflejo dónde había ido a parar la hormiga: ausencia absoluta. Una enorme culpa sacudió su pecho. Creyó haber matado a la hormiga y se sintió el ser más estúpido del planeta.

Jonathan, después de lo sucedido con su madre, había perdido casi toda fuerza. Algo que lo mantenía, de algún modo, ecuánime era la convivencia con sus hormigas. Aparecieron una por una mientras él se interesaba en la concepción Andina del mundo, buscando consuelo. Jonathan-hecho-pedazos lo entendió como una señal del gran objetivo común. En aquella comunión él tenía el supremo poder y la suprema racionalidad. Reflexión constante. Entonces las observó cuidadosamente: las hormigas invadían su espacio sólo en busca de agua. Cómo negarles agua a los pequeños bichos. Comenzó dejando un vaso medio lleno en su escritorio, pero entendiendo después que el sitio resultaba desolado y frío, traslado el vaso diario debajo de su cama. Siempre era poco. Luego, migas, pedazos de carne, a veces grandes insectos aplastados: simplemente estaba colaborando con el fin común. Él era una representación de la Pachamama: poderosa e infinitamente sabia. Requería conocimiento y leyó mucho. Jonathan estaba convencido, él era responsable del mundo. Si era capaz de matar a una hormiga aún por equivocación, la Pachamama grande haría lo mismo con cualquier hombre inocente.

El asunto, decisivo: era responsable del universo de las hormigas y de los hombres.

Aquel día su conciente llegó al límite, su culpa era inconmensurable. Imaginó que la hormiga que había matado, debido a una estúpida picazón, era excepcional entre ellas. Primero debía resarcir a las hormigas comunes que habían perdido a su guía. Desesperado mojó unas cucharadas de azúcar con su saliva y las derramó debajo de su cama, era la primera vez que les daba dulce.

Tuvo que irse al colegio con las sienes ladrando.

Formaba esperando entrar a clases. Todos rectos. En-columna-cubrir-firmes-descanso-atención-Himno-Nacional-Somos-Libres-Seámoslo-Siempre…-Himno-al-Cusco-Cusco-Cusco-es-tu-nombre-sagrado. Todos bien parados, bien limpios, viendo cómo se arriaban las banderas, cómo se lee la Biblia. En-column-acubrir-firmes-descanso-atención-En-el-nombre-del-padre-del-hijo-del-espíritu-santo-amén. Y mientras rezaban el Padre Nuestro y el Ave María, Jonathan no hacía más que pensar en el destino ridículo que había tenido aquella hormiga. Cómo es posible ser tan necio, matar sólo porque a uno le pica la nariz. m a t a r p o r q u e a u n o l e p i c a l a n a r i z. m-a-t-a-r-p-o-r-q-u-e-a-u-n-o-l-e-p-i-c-a-l-a-n-a-r-i-z. m/a/t/a/r/p/o/r/q/u/e/h/a/u/n/o/l/e/p/i/c/a/l/a/n/a/r/i/z.

Todos tan rectos. Todos formando en línea, como hormigas, esperando entrar a clases para ser mejores, para tirarle papel higiénico mascado al techo y después decirle a los profesores que están creciendo hongos. Todos tranquilos, hasta felices como si nada hubiera pasado. A nadie le importaba una muerte más. Jonathan comenzó a ahogarse pensando en el desinterés de sus compañeros, pensó que ellos mataban. Y lo que era peor, mataban y seguían felices. Cómo estalló su cerebro entonces. Sus tobillos crujieron como resortes. En sus rodillas sonaban castañuelas. Sus testículos estaban a punto de desprenderse. Su estómago vacío. Su pecho caliente. Entonces su cerebro estalló.

[hormigas]

―Hijito, ¿Jonathancito?

La enfermera y la asistenta social del colegio formaban dos extrañas sombras a contraluz de un gran foco.

―Jonathancito, hemos llamado a tu casa. Nadie nos contesta.

—Nadie les contesta, sí —dijo Jonathan.

—Hijito, vives por el quinto paradero de Ttio, ¿no?

—Ajá.

—Ya hemos hablado con el Jefe de Normas, ay, déjame contarte, hijo. Déjame contarte: una bestia ese señor Pizarra para hablar. Una persona cerradísima. No sé cómo lo aguantan los alumnos. Horrible, Vilma, horrible. Bueno, bueno. Te hemos sacado permiso para que vayas a descansar a tu casa. Pero necesito hablar con tu mamá siempre. Tienen que chequearte, hijo.

—¿Te ha estado doliendo últimamente la cabeza, papi? —preguntó la enfermera.

Silencio.

La asistenta social lo acompañó en taxi.

Estaba pálido como un libro antiguo lleno de polvo. Se echó en su cama.

La tristeza era general y pensó volverse loco.

Sin embargo, algo de su razón acudió. No había enterrado a la hormiga. Su gran alma erraba con desesperación buscando consuelo. Se inquietó ante la posibilidad de no encontrar el cuerpo pero concluyó que algo simbólico le daría tranquilidad a ese espíritu. Pensó que la mejor hora para un entierro es la más hermosa de la tarde: cuando el sol parpadea de sueño y el ambiente es de bronce. La mañana fuera del colegio le resultaba nauseabunda y para existir con plenitud comenzó a leer Ulises de James Joyce, así esperó hasta la tarde. No comió: penitencia.

Al sentir el polvo metálico brillante saltó de su lecho, corrió a la cocina, vació una caja de fósforos y puso un pedazo de carne cocinada, un pequeño montón de azúcar y una chapita de gaseosa con agua. Desesperado, pensando en el sol que se iba y ya con el ataúd subió al altísimo puente del quinto paradero de Ttio desde donde se podía ver la enorme pista de aterrizaje del aeropuerto. Mirando al cielo de metal pulido improvisó una ceremonia. Le rogó al Sol poderoso que haga descender aquella gran alma sin problemas y que continúe con su vida laboriosa en favor del gran objetivo común. Bajó luego del puente, cruzó la primera pista y llegó a la berma donde había pasto. El uniforme de su colegio brillaba extraño mientras él, con las uñas, hacía un hueco. Cuando lo encontró preciso, colocó el ataúd, hablándole fuerte le deseó un exitoso descenso a las profundidades. Cubrió todo con tierra. Se levantó y, siendo precavido, cruzó la pista entre los carros. Entró a su casa y comió por fin. Subió a su cuarto aún con el cielo metálico. Se deshizo con cariño de su uniforme, lo colgó. En calzoncillo se desplegó en la cama. Jonathan era hermoso a veces. Sus miembros como látigos y un exquisito aroma a galleta casera. Cerró los ojos sintiendo el frío.

Se observó en el espejo a contraluz, sólo su imagen apagada por el fulgor inmenso del día que termina. La belleza de la composición que encontraba en el espejo terminó por deshacerlo una vez más. Aquel galope en el pecho hería, nuevamente pensaba volverse loco. Buscó en las partes altas de su escritorio y encontró su pequeña chuspa envolviendo un puñado de hojas de Coca; hace unas semanas la utilizaba para calmarse. Se extendió nuevamente en la cama y comenzó a chaqchar. Respiró, pero el dolor agudo no se iba, el desespero volvía como vidrio filudo hacia la garganta. Su cuerpo comenzó a explotar en espasmos, su cabeza a desfigurarse como plastilina en la tumba de un muerto. Si no hacía algo, esa tristeza interminable y sin motivo lo iba a matar. Se puso de pie. Miró en derredor, asustado y encontró las llaves de su casa. Las tomó y se acercó al espejo. Comenzó a desollar su pecho huesudo, la llave poco a poco se hundía intentando llegar al origen de ese peso caliente. La sangre, pese a la profundidad, no era demasiada. Un profundo y circular insecto de carne viva. El alivio en el pecho comenzaba a sentirse, pero sin embargo la cabeza latía dolorosa. Escuchaba una aterradora mandolina y, en medio de la confusión, innumerables cuerdas se desprendían y se empotraban filudas en la masa de su cerebro. Anochecía. Su reflejo era más sensato entonces. Se miró fijo. Tomó nuevamente la llave y se la llevó encima de la cabeza, en el centro mismo, casi dónde hay un remolino de cabellos. La sangre esta vez fluyó mejor. Cogió un poco del hach’u de la Coca que mascaba e intentó rellenar el agujero de su pecho. Luego tomó otro poco y se lo puso a la cabeza.

Nunca más se desesperó tanto.

Jonathan tiene una hermosa quijada partida.

Y las pocas veces que sonríe, cuando nacen hoyos en sus mejillas, sonríe el Todo también.

Antes que las primeras veces se terminen

 

Novela

Para detener el tiempo
Jorge Vargas

jorge@elcaminerito.com

1

—¿Qué?

Suicidio.

Ocho letras suspendidas, luego ahorcadas en silencio.

—¿Qué?

—Eso, me voy a suicidar —respondió Fabiola tranquilamente—, y ustedes van a ayudarme.

—Hablas huevadas —dijo Abelardo.

Jonathan guardó silencio.

Abelardo, Fabiola y Jonathan.

*

Cualquier persona que reparaba con atención en Abelardo sentía dulce en la lengua. El muchacho parecía de caramelo líquido o de majar blanco.

Un día que Abelardo ya ni recordaba una muchacha algo ebria, al verlo jugar voley en la cacha de su barrio le gritó: “ese potito es durazno en almíbar”, noches después mientras bailaba en el Mukhi le invitaron un trago con una servilleta escrita: “¿Se puede probar?”. Aquellas manifestaciones constantes son claro resumen del imaginario popular hacia Abelardo, sin embargo al verlo, uno no puede imaginarse su llanto, nadie alcanza a sospechar que él lloró sincero una sola vez.

Hacía cuatro años despertaba como se despierta cuando la vida sabe aún a chicle con centro líquido. Un vidrio de colores se destrozó en su cabeza y luego un silencio sustancial y siseante descubría el mundo: martillazos rompían su modorra. Se levantó, restregó su cabello y sus ojos, vio por la ventana y descubrió que la casa contigua empezaba a señalar más alto en el cielo. Obreros trabajaban desde temprano como palabras que escribe un muchacho cuidadoso. Fue ahí que Abelardo reparó en él, sin duda el más joven.

Aquellas mañanas resultaban calientes, Abelardo distinguió que salía un vapor de las ropas colgadas en los tendederos de su patio. Vapor hermoso y consistente como el obrero. Llevaba los sacos de cemento desde el primer piso, subiendo a través de tablas que parecían aplaudir su habilidad. Después de un rato de trabajo, el obrero caminó hasta un toldo y se deshizo de su camisa desgastada para trabajar libre, lanzó debajo de un perchero su ropa limpia y le descubrió a Abelardo que tenía el color de un guiso apetitoso, lleno de jugo. Abelardo volteó y vio el uniforme verde de su colegio, se detuvo luego en la ropa limpia del obrero y la encontró muy parecida, una ropa tan cercana a la suya.

La jornada de trabajo continuaba hasta las cinco de la tarde. Abelardo decidió acostarse más temprano para despertar todos los días con el inicio de la obra. Su colegio era sólo un paréntesis entusiasmado entre sus cultos al obrero. Una extraña formalidad ordenó su vida para poder disfrutar lo que había en el bastidor de su ventana.

A las dos semanas el asunto se volvió incontrolable, la construcción vecina había sobrepasado el tamaño de su casa y el obrero ahora trabajaba más cerca de Abelardo. Él aprovechó el ángulo de visión que su ventana ofrecía para establecer un contacto recíproco y esa mañana apenas el obrero joven apareció, abrió con estrépito las hojas de su ventana, tosió fortísimo fingiendo un ataque pulmonar y haciéndole entender que se liberaría, echó por los aires su polo. El muchacho rió sin prestar importancia, afirmó su fuerza mostrando sus brazos musculosos, meneó un poco la cabeza y sin volverlo a mirar comenzó con su trabajo. Abelardo se arrepintió entonces, temió haber agredido al muchacho y decidió esperar. Tenía que cambiar de estrategia. Todas las mañanas movía las cortinas, desesperado por hacerle comprender al obrero su necesidad de comunicación, a veces golpeaba el vidrio para descubrirle que lo observaba pero no se mostraba del todo, tan sólo dejaba adivinar su silueta a través de la cortina traslúcida. A veces tosía muy fuerte cuando el obrero, que sonreía, estaba más cerca. En las tardes escuchaba música con mucho volumen y abría la ventana, como ofreciéndole algo de alivio en el trabajo. Ése fue el extraño y correcto camino. Abelardo comenzó a experimentar con las reacciones del obrero hasta llegar a un pacto mudo. Cuando Abelardo escogía grupos como Massive Attack, Play Attenchon o Saetia, el obrero tosía frunciendo el ceño y hasta a veces detenía su trabajo para arrojar miradas molestas a la ventana, Abelardo reía con fuerza y cambiaba la música. El obrero disfrutaba más con Los Ovnis, The Doors, y sobre todo, con Los Saicos. Vivían tardes enteras con aquellas bandas, mezclando lo que para el común resulta extraño. Ambos ya podían verse a las caras.

Abelardo comenzó a vivir para aquel chiquillo de la obra. El día no estaba completo sin descubrir el sol en sus axilas de vellos oscuros, ni la tarde encajaba con el proceso sin adivinar sus nalgas fijas como soles de metal bajo el short. Abelardo amaba por primera vez.

El tiempo transcurría poderoso, pero Abelardo era capaz de atarlo en los pies del constructor y el constructor sonreía mucho, sus dientes eran regulares como el cuidado que ponía en su obra. Cómo era feliz.

Todo se había detenido excepto la construcción de la gran casa y Abelardo fue el último en percatarse de ello. Aquel día el trabajo se consumaba a las tres de la tarde. Habían terminado de llenar el techo y todo estaba listo para challar. Abelardo aún no llegaba a casa cuando el champán explotaba vigoroso y la música se escuchaba a través del pica-pica. El obrero comenzaba a desesperarse sin conciencia. Mientras todos bailaban en el patio de la casa, él bebía irracionalmente, Abelardo le hacía falta. Había decidido llevar a su trabajo sus mejores ropas, intuyendo muy en el fondo que, por ser la última jornada, podría hablar con su amigo de la casa contigua y hasta quién sabe, beber unas cervezas con él. Su mente era incapaz de articular sus sentimientos, pero quería con sinceridad a Abelardo. Bebía como se bebe cuando hay pena.

—¡El Meteoro! ¡Que ponga los toritos el Meteoro! —gritaba una señora rubia, la dueña, mientras la familia y demás obreros festejaban espumosos, ella no deseaba romper las viejas tradiciones— ¡El chico más guapo de la obra! Esa carita de niño, ya pues Meteoro, tú ponlo los toritos, ponlo.

El gentío aplaudió con estruendo y todos hicieron vivas. Aquel barullo distrajo el corazón incompleto del obrero y, sintiéndose un héroe, tomó la cerámica llena de pica-pica y se acercó a la escalera desplegable de metal que el dueño, con la ayuda de varios hombres en el segundo piso, había apoyado a la pared. El muchacho debía sostener con cuidado a los toros hasta el cuarto piso. Comenzó a subir y por un momento sintió la escalera de jabón. Estaba ebrio, feliz. La gente aullaba de compartir felicidad. Los obreros comenzaron a rociar cerveza por todos lados. La música creció, fuerte. Cuando el obrero llegó a la altura del cuarto de Abelardo se detuvo. Quiso esperar pero, al quebrar su cintura para poder ver, los toros resbalaron de sus palmas y él, al intentar recuperarlos, soltó la escalera y fue a dar de cabeza al piso. La explosión de su cráneo en el pavimento pareció apagar la música. La mayoría fue alcanzada por algún pedazo de cerebro.

Abelardo, varios minutos después, abrió la ventana y puso Te amo de Los Saicos con todo el volumen que sus oídos podían soportar. Afuera todo era silencio. Se aproximó un poco imaginando la sonrisa del obrero. Entonces, sin haberse acercado siquiera, su cama crujió dolorosamente. Vio el patio de la casa contigua: un enorme y viviente ojo de sangre con las botellas de cervezas como astillas y casi en el centro los restos de unos toros de cerámica, todo salpicado por el multicolor crepuscular del pica-pica. Sin saberlo, lo supo todo.

Abelardo lloró.

Entonces entendió el significado biológico de la tristeza y, a no ser de un dedo roto algo después, nunca volvería a llorar.

 
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