agosto 25, 2010 Sociedad
Pavel Ugarte
Me encontraba en la combi y de entre las personas a las que no les quedó otra que contestar el celular delante de los pasajeros -involuntarios espectadores- noté un derrotero que quizás se ha incrementado en los últimos años en los cuales la telefonía celular se ha masificado. Hablo de la mentira, esa mentira que el aparatejo que llevamos todos en el bolsillo, bolso o mochila delata en sí misma. Una muchacha de voz socarrona le dice a su interlocutor -evidentemente hombre- que está en su casa, cuando sin embargo nos encontramos en medio del rugir de motores histéricos que buscan abrirse un espacio en este páramo de concreto que se ha vuelto el Cusco. En fin la tugurización y el incremento paupérrimo del parque automotor son temas preocupantes pero ajenos en esta oportunidad. Lo que me agita en esta ocasión es la mentira, esa que en los niños antes era parte de la travesura, ahora no es extraño que los niños también tengan su celular y que brinden escenas como la de otra combi en la que escuché a una niña que no tendría más de 11 años y que al ver el número de su mamá primero hizo callar a su compinche y seguidamente tejió pretextos fabulosos sobre su paradero y las actividades de esa tarde. Pero para no ir por el lado malévolo del asunto tenemos mentiras de las más comunes como el “ya estoy llegando” o “estoy aquí o allá” profesando siempre un pronto arribo y una falsa ubicación.
Pero siguiendo con el afán de entender al Pinocho que en definitiva creo llevamos todos dentro nuestro sigo hablando sobre la mentira. Pasando por el DRAE[1] entre otras enciclopedias podemos decir que la mentira es una declaración realizada por alguien que sabe que es falsa (o parcialmente falsa) esperando que los oyentes le crean, ocultando siempre la realidad en forma parcial o total. En el plano filosófico tenemos que una mentira puede ser una falsedad genuina o una verdad selectivamente enunciada, una falacia, o sea un razonamiento lógicamente incorrecto. La mentira también conlleva exageraciones, engaño, fingir o causar una acción no necesariamente perjudicial en contra del oyente, aquí surge la mentira blanca la que no supone daño pero que a final de cuentas es mentira.
Creo que cada día somos más mentirosos y de gran ayuda sirven las formas virtuales o las nuevas relaciones interpersonales producto del celular, el internet y en sí la galopante tecnología que si bien trae grandes facilidades a nuestras vidas también impide que nos hablemos mirándonos a los ojos. Mentir implica un ardid intencionado y consciente que también comprende la elaboración del mismo, definitivamente decir la verdad es mucho más sencillo y siempre evita problemas posteriores.
Pero resulta que tenemos casos y cosas; Gabriel García Márquez[2] manifiesta que de niño era un mentiroso incorregible y que ese virtuoso defecto de la mano de las historias de la abuela creó el universo literario de esta figura que superó las dimensiones generacionales y espaciales para concebir creíbles ficciones. La verdad es que a veces nos gustan las mentiras, no falta una mujer permisiva que te diga “no me digas la verdad” o que te diga: que eres un mentiroso pero igual te quiere, si comento esto es porque creo -ojo que no hay misoginia ni machismo- que las mujeres mienten mucho más que los varones, y están acostumbradas a la mentira, conviven con ella, sería interesante un estudio psicológico masivo que compruebe mi aseveración porque aceptar la mentira a mi criterio es entrar en un círculo vicioso del cual solo se puede salir malparado y además no olvidemos que la mentira y el chisme son primas hermanas, de esto mujeres y solo mujeres tristemente me han hecho testigo.
Pero en fin debemos decir también que no hay verdad absoluta, en palabras de Shakespeare: “Nada es verdad ni es mentira, todo depende del cristal con que se mira”. Cita que seguramente no compartiría Cervantes para quien “La verdad anda sobre la mentira como el aceite sobre el agua”más allá de las grandes frases lo real es que convivimos con la mentira y en el caso de nuestro país es una institución, en elecciones abarrota el panorama y la gran mayoría votará por el que menos miente, por el que menos roba. Ha dejado de haber un paradigma moral al respecto, se considera a la mentira una acción indefensa en cuanto al robo y la ociosidad (menciono mentira, robo y ociosidad por ser los ejes morales en el Tahuantinsuyo y me saben más cercanos a pesar de nuestro disco duro occidental) Pienso que latrocinio y mentira van hermanadas, es una maraña perjudicial sea cual sea su tamaño y no debemos olvidarlo, no podemos acostumbrarnos a vivir con eso, no es sano pensar que es normal o indefensa, no hay nada mejor que vivir honestamente y escribir -aunque con rabo de paja, porque también he mentido- unas cuantas líneas al respecto, lo que sí jamás podrá hacer uno es mentirse así mismo.
En el mes de nuestra Pachamama
[1] Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, Microsoft Encarta 2009
[2] “Vivir para contarla” Edit. Norma 2002



